Capítulo 4

 Quizás, quizás, quizás

 A Piti había algo que no le cuadraba y, como siempre que eso ocurría, no podía dejar de darle vueltas al asunto. En muchas ocasiones aquella obsesión le había traído serios problemas, como cuando descubrió a Cristóbal o cuando encontró junto a Palomares y Burbuja el camarote treinta y uno. Por eso, intentaba no darle tanta importancia, pero era imposible, no dejaba de pensar en ese asunto que no le convencía.

El chinorris hablaba español perfectamente, incluso mejor que él.

¿Por qué lo había ocultado?

Se incorporó. Estaba en una tienda de campaña acompañado de sus mejores amigos, que dormían a pierna suelta. Con mucho cuidado, pues no deseaba despertar ni a Ramiro ni a Palomares, se puso en pie y abandonó la tienda. Se alejó un poco del campamento para sentarse en la playa y, así, poder contemplar como las olas rompían contra la arena.

No podía olvidarse de aquel maldito tema.

Palomares, cuando le había contado que Cho siempre les había entendido, le había explicado que el joven se había visto obligado a ocultar esa información por temor, por desconfianza hacia ellos. A Palomares le parecía un argumento razonable, también a Ramiro y, a juzgar por su comportamiento, también a Vilma. Pero él lo encontrara raro, no terminaba de convencerle. Cho se había implicado con ellos, había vivido con ellos y a Piti no concebía la idea de que no confiara en ellos. Había pasado mucho tiempo con él, lo consideraba su amigo y, por eso, estaba absolutamente seguro de que se sentía a gusto a su lado.

De hecho, algo que había aprendido en su breve excursión al lado oscuro, cuando se hizo pasar por Gamboa, era que uno no dormía entre enemigos. Y Cho había dormido tan contento, como esa noche.

¿Le estaban devorando los celos?

No podía ignorar aquel factor. Quizás todo se debía a los celos.

Porque los celos le estaban devorando. Piti no quería sentirse así, no quería envidiar a su amigo ni pensar mal, pero… Pero era pensar que tocaba a Vilma, que ella le regalaba sus preciosas sonrisas… y se moría de celos. No podía evitarlo.

Al mismo tiempo, le daba un miedo atroz el pensar que, quizás, sí que tenía razón, que Cho ocultaba algo y que Vilma le estaba entregando su corazón a alguien que, quizás, no lo mereciera. Podía soportar que Vilma feliz fuera con otro, pero lo que no iba a permitir, bajo ningún concepto, que alguien le hiciera daño. Eso jamás.

Él conocía muy bien las consecuencias de un corazón roto y no iba a dejar que Vilma las tuviera que experimentar.

 ~oOo~

 Nueve años atrás…

 ¡No podía creérselo! ¡Un diez! ¡Había sacado un diez! Era la primera vez que obtenía un diez en un examen de matemáticas y se sentía henchido de orgullo. Por eso, en vez de entretenerse a la salida del colegio, corrió hacia su casa emocionado. Seguro que su madre se iba a poner muy contenta, al igual que su padre. ¡Por fin podría estar a la altura de sus expectativas! Estaba deseando llegar a casa para exhibir su nota.

Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta, la sonrisa se congeló en sus labios, al igual que todos los músculos de su cuerpo.

–¡¿Qué haces?! ¡No puedes hacernos esto! –era su madre quien gritaba. Piti se removió, incómodo. Los gritos no eran nada nuevo, pero aquel tono sí. Había auténtico dolor en la voz de su madre, incluso podía imaginar las lágrimas que estarían recorriendo sus mejillas debido al sufrimiento que denotaba su tono–. ¡Cariño…! ¡Por favor…!

–Es lo mejor…

–¿Lo es? ¿Es lo mejor para mí? ¿Y para Pedro? ¡Es tu hijo!

–Estaréis bien.

–No puedes dejarme. No… ¡No puedes! ¡Yo te quiero!

–No hagas esto más difícil. Por favor.

–¡No nos puedes cambiar por ellas! ¡Nosotros somos tu familia!

Y sus padres salieron de la habitación que compartían. Él llevaba el traje impecable, como siempre, con la corbata perfectamente anudada y sujeta por un clip dorado; en la mano llevaba una maleta grande que parecía muy pesada. Detrás, apareció su madre con una de sus blusas más bonitas, la que le hacía juego con los ojos… aunque éstos no parecían los de siempre, estaban emborronados de negro; había lágrimas en su rostro, medio teñidas de restos de maquillaje.

Al verle en la entrada, ambos adultos se detuvieron un instante. Su padre, empero, prosiguió con su marcha sin inmutarse. Ni siquiera lo hizo al pasar a su lado. Piti, comprendiendo lo que ocurría, se aferró a su examen que, de pronto, ya no le parecía tan importante. Su padre le revolvió el pelo distraídamente, sin dignarse en agacharse junto a él, abrazarle o mirarle.

–Pedro, chaval, nos veremos pronto. No te preocupes.

La promesa de su padre llegó antes de que cerrara la puerta, desapareciendo para siempre de esa casa, mientras su madre se dejaba caer al suelo y comenzaba a llorar. Sin saber muy bien qué hacer, Piti se acercó a ella con lentitud; tras arrodillarse a su lado, le sonrió un poco.

–Mamá… me han contado un chiste muy gracioso en el colegio. ¿Sabes cómo estornuda un tomate? ¡Keeeeetchup!

Su madre alzó la mirada, seguía abnegada en lágrimas, pero parecía algo más alegre. Entonces, curvó los labios ligeramente, antes de rodearle con sus brazos, demostrándole un cariño sincero y puro que le emocionó.

–Ay, ¿qué haría yo sin ti, Pedro?

Por supuesto, su padre no cumplió su promesa.

 ~oOo~

 En la actualidad…

–¿Qué demonios es eso?

La voz de Max le sacó de sus propios recuerdos, por lo que siguió la mirada del chico para contemplar aquella taza de váter que habían encontrado al poco de llegar a la isla. Piti no pudo evitar sonreír, mientras el chico se sentaba a su lado.

–Es un tesoro.

–Ya lo veo.

–Qué poco visionario –repuso, agitando la cabeza–. Una civilización no es civilización sin un lugar para cagar cómodamente.

–Qué profundo, Piti.

El interpelado se encogió de hombros, risueño, mientras Max agitaba la cabeza. Sonreía. Sonreía de verdad. Era algo que Piti no le había visto hacer mucho, aunque sí de vez en cuando y últimamente con más frecuencia. Suponía que el haberle dado un baño, había creado cierta intimidad entre ellos. Fue entonces cuando detecto cierta tristeza en su mirada azul, bueno, más de la habitual, pues Max siempre le había parecido un poco triste, como si cargara con algo continuamente.

En cierta manera, le recordaba a su madre, ella había cargado con un corazón roto hasta el final y también tenía ese aire trágico que parecía rodear a Max.

–¿Y esa mirada tristona de perrito abandonado en la carretera? –le preguntó.

–Me arriesgué y perdí. Nada nuevo –le quitó importancia con un gesto–. Hay cosas más importantes y urgentes –hizo una pausa, antes de añadir, volviéndose hacia él–. Escucha, ya sabes que tengo que liderar una expedición. Me gustaría que vinieras conmigo.

–¿Yo? ¿El tonto del chicle?

–No, tú, el que se hizo pasar por Gamboa aunque era un suicidio para ayudar a los demás –repuso Max con seriedad–. Eres la persona en quien más confío aquí. También creo que eres el más valiente. Son dos cualidades que aprecio y que necesito ahora mismo. Necesito confiar en alguien, Piti, saber que alguien va a vigilar mi espalda –se encogió ligeramente de hombros, apartando el rostro como si se sintiera avergonzado–. Eres lo más parecido a un amigo que tengo.

Piti no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, tampoco pudo evitar deslizar un brazo por los hombros del joven, que seguía pareciendo algo incómodo.

–¡Pero si eres un blandito!

–Guárdame el secreto.

–De acuerdo –asintió, risueño, aunque no tardó en ponerse serio de nuevo–. Bueno, de acuerdo en guardar el secreto y en que somos amigos. Pero no puedo ir contigo.

–¿Por qué?

–Tengo que cuidar a alguien que me importa más que nada. Asegurarme que todo está bien –pensar en Vilma, en dejarla en manos de Cho para siempre, hizo que se le rompiera el corazón, pero lo ocultó con una de sus sonrisas–. Llévate a Palomares. Es fuerte, valiente y mucho más sensato de lo que seré jamás. Además, aunque no es perfecto, es un buen amigo. Te gustará.

Max le contempló un momento, antes de asentir, aceptando su proposición. Entonces se puso en pie, todavía mirando al mar, mientras el aire revolvía su rubio cabello.

–No deberías dejar escapar a la chica.

 ~oOo~

 Ainhoa estaba enfadada. No, más que eso, Ainhoa tenía un cabreo de narices. Llevaba así desde la noche anterior, pero el amanecer de un nuevo día no parecía haber aplacado sus sentimientos, sino que los había empeorado. Vilma, mientras doblaba la sábana con la que se había cubierto al dormir, no dejaba de observarla. A su lado, Estela miraba a Ainhoa con cierta duda, seguramente notando su estado.

Pues sí que estaba cabreada para que Estela se percatara de ello.

Su intención era acercarse a Ainhoa cuando ésta saliera de la habitación que ocupaba su hermana, donde había pasado la noche. Sin embargo, antes de que pudiera acercarse y hablar con ella, Salomé y Cho acudieron a su encuentro.

El chico llevaba entre las manos un aparato grande, rectangular y de color negro: una cadena de música. Vilma sonrió levemente, pues le recordó a la que tenía su padre en casa, de hecho tenía hasta los mismos reproductores: de cintas, de CDs y de discos de vinilo. Cerró los ojos un momento, rememorando el zumbido que hacían los discos de vinilo, lo especial que era aquel sonido, ligeramente diferente al de un disco.

Cuando los abrió, encontró a Cho sonriente frente al aparato, mientras Salomé parloteaba sobre el hecho de que lo había encontrado y que escuchar algo de música no les vendría mal. Vilma sólo podía pensar en Cho. Desde que había llegado al punto de mañana, no había hecho más que sonreírle, darle un beso en la mejilla y desearle los buenos días. ¿Era tanto pedir que fuera algo más… energético, apasionado? ¿Tanto le costaba arrebatarle la respiración con un señor beso? ¿Abrazarla como si no hubiera mañana, como si el separarse de ella le costara? ¿No podía mirarla con auténtico fervor, con la pasión de los enamorados y no como si fuera su mascota?

¿De verdad era tanto pedir algo de pasión?

–Oh, vaya –se lamentó entonces Salomé, captando la atención de ellos tres.

–¿Ocurre algo, Salomé? –inquirió Estela.

–Que no funciona –la mujer apretó los labios, ligeramente decepcionada–. Es una pena, porque hemos encontrado una buena cantidad de vinilos, ¿verdad, Cho?

El chico asintió, aunque no parecía demasiado interesado en todo aquello. Le dedicó otra sonrisa y Vilma se la devolvió, ligeramente vacilante. Fue entonces cuando tuvo una gran idea. Había algo que echaba de menos continuamente: bailar. Antes, cuando había mundo, cuando tenía una vida muy diferente, siempre salía a bailar con sus amigas, dejaba que todos sus males desaparecieran con la música. Añoraba esa sensación. Por eso, la idea de poder escuchar música, de poder organizar una fiesta con ella cuando las cosas se hubieran tranquilizado, la emocionó.

–Piti –susurró entonces.

Notó que los otros tres habían pasado a observarla a ella y se sonrojó. De hecho, su primer instinto fue apartar la mirada de Cho, mientras explicaba con cierto sentimiento de culpa:

–Piti es un manitas. Seguramente pueda arreglarla.

–¿Piti? –Estela soltó una carcajada–. Pero si Piti…

–¿Piti qué? Hizo una bañera, hizo de un camarote inmundo un hogar… Incluso ayudó a Ulises a construir esa cama en la bodega –deslizó los dedos por la tapa del tocadiscos, sintiendo como su largo cabello rubio se escurría por su hombro–. Ya le avisaré para que le eche un vistazo –alzó la mirada hacia Cho, que seguía sin inmutarse, aunque eso no la ayudó, siguió sintiéndose incómoda–. Y entonces podremos tener un baile y… Bailaremos juntos.

–Bueno… Si tú quieres.

Estuvo a punto de resoplar. ¿Por qué no podía mostrarse algo más… enérgico? Sin embargo, se limitó a sonreírle, antes de ir en busca de Ainhoa. Antes, era una chica de ideas fijas, tenía muy claro lo que quería, quién era y la mayoría de las cosas; tras el cataclismo, las dudas habían empezado a apoderarse de ella y en ese momento no estaba segura de nada. Por no estarlo, no lo estaba de si era Cho quien la enervaba al ser tan soso o era otra cosa lo que la estaba volviendo loca. Por eso, quería pagar su frustración con Cho, así que decidió huir en busca de alguien que pudiera consolarla y, a lo mejor, aclararla un poco.

Encontró a Ainhoa en el dormitorio de la cabaña, donde Valeria dormía plácidamente, pese al vendaje que cubría su pequeño cuerpecito. Vilma, al verla, volvió a notar una punzada de miedo. Adoraba a Valeria, por eso la había asustado el verla herida, pero era algo más: Valeria era una niña, una niña pequeña e inocente, ¿cómo había podido verse implicada en todo aquello? Los niños deberían mantenerse ajenos, ser felices…

Los niños como el que estaba esperando… Mejor dicho, como la niña que estaba esperando. Leonor le había asegurado que sería una niña, justo lo que ella quería.

–¿Qué tal está? –le preguntó a Ainhoa.

–Bien. Aunque le ha sorprendido que yo estuviera aquí en lugar de Julia.

Las dos intercambiaron una mirada funesta. El tema Julia era difícil. La doctora les había ocultado información importante, algo que había molestado a todos… pero a los Montero especialmente, al fin y al cabo Julia se había convertido en parte de su familia. Aunque, claro, eso no dejaba de complicar las cosas.

–¿Cómo está tu padre?

–Hecho un lío. No sabe bien qué hacer.

–Quizás… Quizás debería darle otra oportunidad a Julia…

–Ella le mintió –apuntó Ainhoa categóricamente. Algo en su expresión le hizo ver a Vilma que el tema era todavía más personal, que no era sólo Julia. Su amiga la miró a los ojos, el enfado que rezumaban era increíble. Nunca la había visto así–. Los mentirosos no se merecen segundas oportunidades.

–Todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Y una tercera. Y una cuarta –Vilma suspiró, acercándose a la ventana. Se acomodó en el hueco, disfrutando de la brisa que sacudía la isla aquel día–. Todos cometemos errores –le recordó con suavidad, pues ella más que nadie sabía bien lo que era equivocarse más de una vez. Tras una breve pausa, volvió a hablar–. ¿Se puede saber qué te pasa? Porque, sinceramente, dudo mucho que lo de Julia te tenga así.

–¿Así?

–Cabreada.

–Yo no…

–¡Venga ya! Que nos conocemos, Ainhoa.

–Bien. Vale. Sí. Estoy enfadada, ¿y qué? –Ainhoa agitó la cabeza, antes de ocuparse en doblar la ropa de Valeria. La niña seguía durmiendo plácidamente, ajena a todo, seguramente debido a la medicación que le estaban administrando para curar su herida–. Es que Max es un mentiroso. Eso es todo.

Vilma no tuvo que insistir demasiado para que Ainhoa le contara todo: por qué dejó a Ulises, que después lo eligió, lo sola que se sentía sin él y, sobre todo, la confesión de Max, que había sido el que le había hecho llegar la fotografía. En ese momento, Ainhoa desató toda su rabia y Vilma la dejó, sabía que llevaba demasiado peso en sus hombros y demasiado dolor en su corazón. Necesitaba liberarse de todo eso, vaciarse, para poder empezar a superar todo aquello.

Cuando Ainhoa terminó, pareció desinflarse como un globo al cual no han anudado y Vilma le dedicó una sonrisa cómplice.

–¿Estás mejor?

–Un poco –reconoció su amiga.

–¿Me permites ejercer de abogada del diablo? –Ainhoa frunció el ceño, pero no dijo nada, así que ella prosiguió–. No voy a excusar a Max, pero al menos tuvo la decencia de ser sincero. Podría haberse callado para siempre, permitir que vivieras en la ignorancia, pero fue honesto contigo. Te respetó.

–Claro, tras haberme destrozado.

–Cuando te entregó la foto, no te conocía. Y ha intentado reparar su error –insistió, encogiéndose de hombros–. Todos nos equivocamos, Ainhoa. ¿Cuántas veces hemos metido la pata nosotras? Lo importante es que ha intentado enmendar su error. Y él no mató a Ulises, fue Gamboa.

Se hizo el silencio, antes de que Ainhoa enarcara una ceja.

–¿Y a ti qué te pasa? Todo ese rollo de perdonar, dar oportunidades… Pareces Palomares. ¿Te ha fichado como su monaguilla?

–Ja, ja, muy graciosa.

–Claro, que… Quizás… Te estás refiriendo a ti misma. ¿Quieres que alguien te perdone? –le dio un codazo, sonriendo, por lo que Vilma resopló–. O, quizás, sea el típico “consejos vendo, para mí no tengo”.

–¿Qué quieres decir?

–Que me hablas de dar segundas oportunidades, de que Max intenta hacerlo lo mejor posible y, la verdad, eso me suena familiar –Ainhoa le dedicó una sonrisa cómplice–. Puede que Piti la haya cagado antes, pero él intenta mejorar y, además, es el único que siempre está ahí para ti. Es tu ángel guardián particular –ante esa mención, Vilma se removió, incómoda, pues precisamente había roto oficialmente con él cuando Piti iba disfrazado de ángel. Menuda casualidad–. Quizás deberías ser tú quien le dé una segunda oportunidad.

–Estoy con Cho. Me gusta.

–Ya. Claro –Vilma la miró con aire interrogante, por lo que Ainhoa añadió con aquel aire de superioridad tan irritante que solían tener las amigas cuando iban a dar una lección–. ¿Cuánto llevas con él? ¿Dos, tres días? ¿Sabes cuántas veces te has quejado de que el pobre chico es soso?

–¿Unas cuántas?

–Quizás, lo que ocurre no es que sea soso, quizás lo que te ocurre es que no es Piti. Porque Piti puede ser muchas cosas, pero soso y aburrido desde luego que no lo es –le guiñó un ojo, divertida.

–Tonterías.

–Sabes que no. De hecho, aún recuerdo cierto consejo que me diste sobre cómo se sabe si has olvidado a un ex o no y… Bueno, quizás deberías aplicártelo a ti misma –le dio un beso en la mejilla–. Quizás le dé una segunda oportunidad a Max. No lo sé. De momento, creo que voy a obligarle a llevarme a esa excursión suya. Necesito más explicaciones.

Ainhoa se marchó, dejando a Vilma con todavía más dudas de las que tenía. ¿Y si Ainhoa tenía razón? ¿Y si Cho a veces la enervaba tanto sólo porque no era Piti? La verdad era que Piti era divertido, se le ocurrían miles de locuras y siempre, absolutamente siempre, actuaba con una pasión que a ella le fascinaba. Ya fuera besarla, cortejarla o hacer sus tonterías como perseguir falsos fantasmas, siempre lo hacía con una energía desbordante y eso le encantaba.

Pero Piti la había vuelto loca, la había hartado pese a sus buenas intenciones, algo que no le iba a ocurrir con alguien como Cho. También era cierto que dudaba mucho que Cho fuera a romperle el corazón y Piti… Piti era otra cuestión.

 ~oOo~

 Cuando Vilma fue a buscarlo, el corazón de Piti latió como hacía tiempo que no lo hacía. Normalmente, era él quien busca a Vilma, no al revés. La chica le encontró en la playa, donde habían comenzado a construir cabañas para el resto de la tripulación; él se encontraba junto a Ramiro, comenzando a preparar la madera para poder crear los cimientos de las cabañas. Sin embargo, en cuanto la vio aparecer, dirigiéndose directamente hacia él, se quedó muy quieto, arrobado.

–Hola, chicos –les sonrió y a Piti le pareció la sonrisa más bonita del mundo entero. Se retiró el pelo del rostro, antes de mirarle a él a los ojos–. ¿Puedo hablar un momento contigo? A solas.

–Claro. Bueno… Si no te importa quedarte solo –se volvió hacia Ramiro.

Su amigo le sonrió con aire cómplice y se limitó a negar con la cabeza, quitándole importancia al asunto. Por eso, los dos se separaron un poco y Vilma no tardó en dirigirse hacia la selva.

–¿Podrías venir a la cabaña conmigo? Hemos encontrado algo a lo que me gustaría que le echaras un vistazo, por si puedes arreglarlo y eso.

–Por supuesto. Vamos allá.

Caminaron en silencio, no porque no pudieran hablar, sino porque existía tal complicidad entre ellos que la ausencia de palabras no les incomodaba. A Piti le gustaba eso, creía que el estar con una persona, estar de verdad, implicaba el poder compartir silencios ni incómodos.

–¿Y cómo estás? –preguntó de repente Vilma, volviéndose hacia él–. No hemos tenido demasiado tiempo para hablar y… Bueno, has pasado por mucho. Lo de Sol, el llegar a la isla, el hacerte pasar por Gamboa, el tiroteo…

–No te preocupes por mí. Soy más fuerte de lo que parezco, ¿sabes?

Vilma enarcó una ceja, pero no dijo nada, lo que le llevó a recordar…

 ~oOo~

 Un año atrás…

 Siempre que te pregunto

Qué, cuándo y dónde,

Tú siempre me respondes,

Quizás, quizás, quizás

 Cuando Piti llegó a casa y escuchó la voz de Nat King Cole supo que no era un buen día, así que se armó de paciencia. Fue hasta el salón, otrora luminoso y perfectamente ordenado, para encontrarse a su madre tirada en el sofá de cualquier manera, mientras canturreaba junto al disco. Olía a alcohol y, de hecho, Piti no tardó en localizar una botella de ron añejo tirada por el suelo.

–Y así… pasan los… días… –cantaba su madre con un hilo de voz. Fue entonces cuando le vio, así que se incorporó torpemente; el pelo le cayó sobre el rostro, sucio y encrespado–. ¡Estás aquí! ¡Buenos días, mi niño Pedro!

–Hola, mamá –le dedicó una sonrisa, antes de acomodarse a su lado; con cuidado, apartó de ella el vaso donde quedaban los últimos restos del ron caro que su padre había guardado con mimo tiempo atrás, cuando eran una familia de verdad. Estaba claro que algo había sucedido o no habría dado buena cuenta de aquel licor, pero no era el momento no interrogarla, sino de acostarla–. ¿Te apetece echarte una siesta?

–¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en la universidad?

–Ya se han acabado las clases, mamá.

–Entonces… Entonces debería cocinarte algo… –en ese momento, comenzó a sonar otra canción y la mirada de su madre se oscureció, de hecho fue como si fuera un juguete al que le habían quitado las pilas. Su madre le sujetó de un brazo, con fuerza–. Pedro, cariño, ¿podrías ponerla otra vez? –se recostó sobre él, sin energía, casi desplomándose. Piti aprovechó para cogerla en volandas y dirigirse hacia su dormitorio, mientras ella cerraba los ojos e insistía con un hilo de voz–. Ponla otra vez, por favor… Por favor… Me recuerda a tu padre. Ponla otra vez.

Piti depositó a su madre en su cama, la arropó y se sentó a su lado, acariciándole el pelo con delicadeza, mientras le cantaba en un susurro:

–Siempre que te pregunto, qué, cuándo y dónde, tú siempre me respondes…

–Quizás… quizás… quizás…- murmuró su madre antes de caer dormida.

 ~oOo~

 En la actualidad…

 –¿En qué estás pensando?

Habían llegado a la cabaña, aunque Vilma se detuvo, reteniéndole al sujetar con suavidad uno de sus brazos. Le miraba con curiosidad, seguramente sorprendida al verle reflexivo. ¿Quién se iba a imaginar que el tonto del chicle pensaba de vez en cuando? Podría haberle soltado una gracia, quitarle importancia, pero aquel día no se encontraba con las suficientes fuerzas, aquel día los recuerdos eran demasiado para él.

–En mi madre.

–No sueles hablar de tu familia –observó ella con delicadeza–. Ni siquiera cuando yo te contaba cosas de mi hermana, de mis padres… –le miró fijamente, algo preocupada–. Piti, si necesitas desahogarte… Estoy aquí.

–No hay mucho que contar. No hay anécdotas felices, bueno, ni de ningún tipo en realidad –se encogió de hombros, pues nunca había querido darle importancia a su entorno familiar–. Mi padre se fue cuando yo era un crío y mi madre no lo superó nunca. Fin de mi apasionante historia.

–¿Se fue? ¿Por qué?

–Tenía otra familia. Una familia mejor.

Vilma se quedó sin palabras, ¿qué se podía decir ante algo así? Por eso, le sonrió con cierta tristeza, antes de encogerse de hombros. Sin embargo, aquel silencio le dio pie a poder expresar con palabras algo que llevaba un tiempo reconcomiéndole.

–Oye –se detuvo, mirándola, mientras reprimía unas ganas locas de cogerle la mano. Ya no estaban juntos, ya no podía mostrarse tan cariñoso como le gustaría–, creo que ya te lo dije una vez. Hace mucho tiempo, cuando todo era diferente. Pero pese a tener todo un mundo, mi infancia no fue precisamente feliz. Sé lo que es crecer sin un padre y… Bueno, que aunque a veces parezca que no, sigo manteniendo mi palabra. Sea un negrito, un medio cubano o un kiwi, no me importa. Ejerceré de padre… Y, si quieres que ese papel lo ocupe otro como, por ejemplo, El chinorris… Bueno, estará bien. Puedo ser el tío Piti o el canguro Piti… Incluso aceptaría el estar ahí, de pagafantas eterno, mientras tú te enrollas con El chinorris… Lo que sea, estaré ahí para ti.

–¿Por qué iba a tenerte de carabina permanente, Piti? –se extrañó ella.

–Pregúntaselo a Ainhoa –Vilma le miró atónita, por lo que él hizo un gesto, claro, no conocía el sueñecito profético de su amiga… Qué mala leche tenía, por cierto. No obstante, en vez de pensar en eso, insistió una vez más–. Seré tu corcho siempre, salvo que decidas prescindir de mis servicios, claro está.

Vilma le sonrió una vez más. Era un gesto extraño, entre dulce y triste, como si ni ella misma supiera bien cómo sentirse. Se puso de puntillas para propinarle un casto beso en la mejilla que, sin embargo, hizo que el corazón de Piti se pusiera a hacer piruetas.

–No lo digas así. Pareces un mayordomo y… Eres algo más.

–¿Lo soy?

–Claro.

–Pues últimamente con tantos gritos y cortes no lo sentía así.

La chica le miró, dolida, pero él únicamente se encogió de hombros. Desde que habían cortado, sólo se había mostrado amable cuando Sol desapareció, algo que, aunque no había permitido que se le notara, le había dolido. En ese momento, no se lo estaba echando en cara, sólo lo hablaba porque eso era lo que hacían las personas civilizadas, no ocultarlo hasta que se enquistara.

–A veces me paso un poco, lo sé –reconoció Vilma con cierta vaguedad–, pero… Bueno, es más fácil volver al inicio de nuestra relación que avanzar, ¿no crees?

Piti no respondió. No podía responder. Claro que no compartía esa opinión, no podía volver al principio, cuando Vilma era una tarada con mala leche. La había conocido, había descubierto un millón de cosas sobre ella, lo sumamente genial y maravillosa que era. No podía olvidarse de todo eso, no podía olvidarse de todos los momentos compartidos y, sobre todo, no podía olvidarse de cuánto la quería. Porque la amaba por encima de todas las cosas, incluso de su cobardía. Él no era valiente, no era un héroe como Ulises o Max, pero amaba a Vilma y por eso encontró un valor que, en realidad, no poseía para salvarla.

Pero, claro, Vilma estaba con Cho. Cho era su amigo y no quería traicionarle como le habían traicionado a él. Por eso, se limitó a encogerse de hombros, antes de entrar en la cabaña.

 ~oOo~

 Al final, Piti tuvo que recurrir a Ramiro, pero entre ambos lograron arreglar el tocadiscos. Para probarlo, Vilma colocó uno de los viejos discos de Nat King Cole y empezó a escuchar su fuerte acento mientras entonaba Quizás, quizás, quizás. Ramiro se quedó junto a ella, sonriendo. Tras unos instantes disfrutando de la canción, Ramiro se volvió hacia Piti, diciendo:

–¿Por qué no invitas a bailar a la señorita o pretendes que lo haga yo…?

Su pregunta no obtuvo respuesta, pues Piti ya no estaba junto a ellos. Ambos se miraron, confusos, ¿dónde se había metido? ¿Y por qué se había marchado con tanta urgencia? Vilma le hizo un gesto a Ramiro para que se quedara donde estaba y salió de la cabaña en busca del chico. No podía haberse alejado mucho. De hecho, no lo hizo, estaba detrás de la cabaña, en un terreno que estaban preparando para cultivar las semillas que había en las cajas del Proyecto Alejandría.

Pero no estaba solo, pues a su lado, limpiando el terreno de malas hierbas, se encontraba Cho, arrodillado. Ninguno de los dos eran conscientes de que estaba ahí, por lo que Vilma se quedó agachada. Sabía que no estaba bien escuchar a hurtadillas, pero no pudo evitarlo: Piti tenía una expresión que jamás había visto en él, seria, dura, incluso peligrosa, como si fuera a saltar sobre Cho para darle una buena tunda. Ella conocía a Piti, lo conocía muy bien y sabía que no era una persona violenta y, sobre todo, que aunque a veces fueran estúpidos, él siempre actuaba guiado por un motivo.

–Hablas español –se limitó a decir Piti.

Cho asintió, poniéndose en pie, mientras se restregaba las manos contra el pantalón para limpiárselas. Parecía incómodo.

–Sé que te mentí, que tú siempre fuiste mi amigo y en cierta manera te traicioné –dijo Cho con suavidad, entrecerrando un poco los ojos, pues le daba la luz del sol–. Pero tienes que entenderme. Lo que vi en el barco ruso, lo que hicieron a mis compañeros… no podía arriesgarme, tenía que mantenerme lo más distanciado posible. No podía confiar en vosotros…

–¿No? Pues a mí me parece que bien que comías nuestra comida, bien que dormías junto a nosotros, bien que estabas ahí… Raro para no confiar, ¿no crees?

–¿Qué quieres decir?

–¿Sabes lo que ocurre si a tu alrededor hay alguien que no puede entenderte? Que no le prestas atención –aclaró Piti con una frialdad inusitada en él–. ¿Qué más da? No puede entender ni una sola palabra, ¿por qué tener cuidado? ¿Por qué cortarse a la hora de hablar de cosas importantes, aunque sea delante de un extraño? Total, no te va a entender. Y, así, ese extraño que, aparentemente, no entiende ni papa de español, aunque al final resulta hablarlo mejor que cualquiera de nosotros, se entera de todo y no resulta sospechosos.

–¿Insinúas algo?

–No. Lo digo muy claro: eres un espía del Proyecto Alejandría.