Capítulo 3

Riesgos necesarios

La capitán del Etoile du Nord acababa de formular una pregunta que Roberto podría responder con facilidad, pero aquel hombre no era Roberto por mucho que imitara a la perfección sus gestos y tuviera sus rasgos. Era Burbuja, una persona completamente distinta. Una persona que estaba atrapada en ese submarino por un farol que Gamboa se había jugado sin dudarlo.

Por eso, se colocó al lado de Burbuja y contempló a la mujer con frialdad. Él no la conocía, no podía chivarle la respuesta como si estuvieran en un examen y fueran dos colegiales. Pero podía ayudarle.

–No creo que deba ir pidiendo explicaciones por ahí –observó en tono gélido–. No cuando un chico al que, por cierto, conocían como El tonto del chicle, la ha engañado con una facilidad pasmosa –le tendió una mano, burlón–. Ernesto Gamboa, por cierto. Creo que ha oído hablar de mí.

La mujer le fulminó con la mirada, mas permaneció callada.

–Roberto, Alexander desea hablar contigo, si eres tan amable de acompañarme –se puso en pie, haciéndole un gesto a Burbuja para que saliera del comedor. Por suerte, el hombre fue lo suficientemente sensato como para obedecer sin dejar de seguir realizando la interpretación de su vida. Mientras tanto, él se volvió hacia la francesa, sonriéndole de forma torcida–. Ha sido un placer. Espero haber mejorado la imagen que tenía de mí. Gano siendo yo, ¿verdad?

No le dio opción a responder, sencillamente se marchó.

Una vez en el pasillo, se encontró con la expresión aturdida de Burbuja, que se intensificó cuando Gamboa le sostuvo del hombro y lo condujo con brusquedad hasta su dormitorio. Le sorprendió ver que a Roberto le habían dado una celda de lo más bonita, de paredes blancas, cama ancha, con estanterías atestadas de libros, incluso un sofá blanco y una mesita de café. Roberto tenía una puñetera mesita de café y él tenía que dormir en una especie de barracón lleno de literas.

–N-no sabía q-quién era… –señaló Burbuja, retorciéndose un poco, como acostumbraba cuando se ponía nervioso. Alzó su mirada de cordero inocente hacia él, como si fuera su salvador o algo así–. Gamboa, ¿q-qué le v-voy a responder si me pregunta de nuevo?

–No lo sé –respondió con sinceridad–. Es el problema de ser tú, supongo. Toda la información está únicamente en tu cabecita, Burbuja. El resto tenemos piezas, tú el rompecabezas entero. Y, honestamente, no sé cómo vas a escapar de esta.

~oOo~

Max les habló de su pasado, de cómo fue a la universidad y de cómo se enamoró de una chica, Natalia, a la que quería con locura. También les contó que Natalia era un auténtico genio, que era tan excepcional que Roberto Schneider, su profesor, la reclutó para el Proyecto Alejandría. Natalia, al parecer, no había querido alejarse de Max, por lo que iba a rechazar la beca, lo que llevó a Max a mentirle, pues de verdad creía que era lo mejor para ella.

Cada vez que Max nombraba a Natalia, algo parecía apoderarse de él. Era algo muy sutil, pero Ainhoa conocía lo suficientemente bien al chico como para notar que la voz le temblaba ligeramente, que la emoción le embargaba. Cada vez que Max nombraba a Natalia, Ainhoa sentía un pinchazo en el corazón. Era una estupidez, algo que no debía sentir porque Ulises se había muerto y ella le quería, pero… No podía evitarlo, era ver el brillo en los ojos azules de Max y notar los celos acechándola.

–Debí de ser muy convincente –estaba diciendo el chico, que paseaba su mirada por la habitación, como intentando abarcar a todos los presentes–, porque Roberto me llevó con él a Ginebra. Al principio fui un mero ayudante, el último de los últimos, algo así como el chico del café…

–Pero dejaste de serlo –le interrumpió Julián con sagacidad.

–Pero dejé de serlo –confirmó Max, acompañándose de un gesto de cabeza–. Roberto creía que alguien estaba malogrando el Proyecto Alejandría, que quería corromperlo. Por eso me llevó con él, necesitaba ayuda. Supuestamente éramos un par de meros conocidos, profesor y alumno, nada más. Por eso, nadie sospechó. Sin embargo, mientras iba ascendiendo en el Proyecto, le iba ayudando a recopilar pruebas para demostrar esa corrupción –Max hizo una pausa, durante la cual suspiró profundamente–. El problema fue que la corrupción venía desde muy arriba. Para evitar males mayores, precisamente para evitar esto –abrió los brazos, como queriendo señalar toda la situación–, empezó a tratar su propio plan.

–¿Elegirnos para salvarnos? –intervino Ramiro, ceñudo.

–No. Bueno, no exactamente –respondió Max, agitando la cabeza–. Todo lo que diseñó, los barcos, los elegidos y demás estuvo ahí desde el principio. Era… –se detuvo, apretando los labios durante un instante, pensativo–. Era un seguro. En un principio, se suponía que el porcentaje de fallo del acelerador era mínimo. Sin embargo, el riesgo estaba ahí, Roberto lo sabía y, por eso, diseñó el seguro. Calculó los puntos que serían más seguros, eligió a grupos de personas y barcos equipados para que sobrevivieran. Al menos, si el mundo se iba a la mierda, la humanidad persistiría.

–¿Pero por qué nos eligió a nosotros? –inquirió Palomares–. ¿Por qué, de todo el mundo, ese sabio nos eligió a nosotros?

–No sé tanto –Max se encogió de hombros–. Sé que cada país elegido se encargaba de seleccionar a sus supervivientes. También creo que, según el protocolo, cada embarcación debía contar con un médico y un cura, además de las figuras de autoridad que suponen el capitán y el primer oficial –hizo un gesto con la cabeza–. En vuestro caso, concretamente, os eligió Roberto personalmente –se volvió hacia Marimar–. El protocolo del Proyecto Alejandría era muy estricto en ciertos aspectos. Los integrantes no deberían tener relaciones personales ni entre ellos ni con los elegidos. Roberto te abandonó para protegerte, pero también le pidió el favor al barco francés de que te eligiera.

–Me estoy empezando a sentir como un Pokemon –soltó Piti de improviso–. La gente nos elige, nos descarta y también nos quiere cazar.

Ante su comentario, Vilma le miró como pensando que estaba tonto, aunque no tardó en esbozar una sonrisa y agitar la cabeza. Ainhoa, por su parte, agradeció que, al menos momentáneamente, le quitara hierro al asunto, pues empezaba a marearse con tanta información.

–¡Por eso se cambió el nombre! –exclamó Salomé entonces.

–¿Qué quieres decir, rubia? –preguntó su tío Julián.

–Vosotros no lo sabíais –informó la mujer, que había tomado de la mano a Marimar–, pero durante mi boda, bueno, no boda en realidad… –Julián bufó, aunque ella continuó sin hacerle caso–. Roberto me dijo que se había cambiado el apellido, que desde ese día ya no éramos hermanos.

Desde que había visto al día anterior a Marimar, Ainhoa había deducido que el famoso Roberto Schneider que ellos habían descubierto era, en realidad, su tío Roberto. De hecho, incluso recordó que había sido él quien le había hablado de la enfermedad de su madre, lo que había hecho que se decantara por la beca en el Estrella en vez de la del conservatorio.

–Oh, dios mío –Vilma se llevó una mano a la boca, impresionada.

–Espera, ¿eres hermana de Roberto Schneider, el cerebrito que diseñó todo esto? –inquirió Piti, abriendo mucho los ojos.

–Piti… –el tono de Vilma fue dulce, incluso colocó una mano en el brazo del chico–. ¿Es que no lo sabes? –como el chico la miró sin comprender, Vilma exhaló un suspiro–. Tú le conoces. Burbuja es el hermano de Salomé. Burbuja es Roberto Schneider –sus ojos se posaron en Marimar–, entonces tú debes de ser la chica de la foto. La chica del anillo que encontramos…

–Pero… Pero… ¡Qué decís, hombre! –exclamó Piti, mirándolos como si estuvieran locos–. ¿Cómo va a…? Pero si Burbuja… Él… Imposible…

La mirada de Piti era el reflejo de la auténtica perplejidad, no dejaba de pestañear, como si no entendiera nada. Vilma abandonó su posición para colocarse a su lado, sonriéndole con dulzura, mientras le sostenía una mano.

–Roberto intentó detener la puesta en marcha del acelerador de partículas –le explicó Max con suavidad–. Les robó una pieza clave de su funcionamiento. La famosa carpeta roja, pero… Bueno, no sé exactamente qué ocurrió con él –se pasó una mano por el rostro, parecía muy culpable–. De hecho, la última vez que le vi estaba perfectamente. Intentaba completar la tripulación del Estrella Polar, porque no estaba muy seguro de que no fueran a seguir adelante de todos modos. Por eso, me envió a mi posición.

–¿Tú posición? –preguntó Ainhoa.

–Ya os lo he dicho. Yo formaba parte del Proyecto Alejandría, era su hombre de dentro –Max la miró fijamente, lo que provocó que su estómago se sacudiera un poco. Había algo en el tono azul de los ojos de Max que le hacía sentirse rara… como si tuviera el estómago lleno de mariposas… Alejó ese pensamiento con fuerza, no era el momento; además, no podía hacerle eso a Ulises–. Por eso, yo seguí en Ginebra un tiempo, hasta que llegó el momento de entrar en la tripulación inglesa. Después, dimití y me dirigí al hotel donde nos encontramos.

–Sabía que no habías estado en el hotel –la sonrisa de Ventura brillaba, como siempre, por lo que resultaba difícil saber qué sentía. No obstante, el hombre parecía relajado, mientras se acariciaba la barbilla–. Se lo dije al muchacho, a Burbuja, tú llegaste una noche, no eras uno de nosotros –hizo un gesto con la cabeza–. Pero nos salvaste. Sin ti, nos habríamos matado los unos a los otros. Gracias.

Ainhoa, entonces, recordó aquella primera conversación de verdad. Superadas las sospechas iniciales, además de aquel horrible episodio en el que casi muere su padre, se encontraron en un piano y hablaron. Y ella lo disfrutó. Le pareció bonito. Le pareció real, auténtico… Pero él…

Él había mentido. Le había dicho que trabajaba de pianista en el hotel y no era así.

Comprendía el motivo, pero no dejaba de ser una mentira y ella había roto con Ulises precisamente por eso, porque le había mentido. ¿Y si Ulises habría tenido algún motivo? ¿Le había preguntando acaso? No, la traición había sido demasiado alta… Pero el caso de Max era distinto, pensó, Max la había mentido al principio, después había sido honesto con ella: le había contado cosas que no debía aquella noche en la playa.

Max debió de suponer lo que estaba pensando o, quizás, se le notaba en la cara, pues, tras carraspear un momento, añadió:

–Por aquel entonces conocía a algunos de vosotros, los que Roberto ya había elegido. Salomé, el capitán, sus hijas –le dedicó una mirada fugaz, como de disculpa–, el primer oficial… Ulises –le costó pronunciar el nombre; justo después clavó la mirada en Julián–. Fue Roberto quien le encontró, quien le dijo quién eras. Roberto le dijo cuando zarpaba el Estrella Polar y que estarías ahí.

–Porque Ulises tiene… –Ramiro vaciló, quedándose un instante en silencio. Al final, retomó la frase, esforzándose en no mirar a nadie en concreto–. Ulises tenía pulmones tamaño xxl.

–Era una capacidad que podría ser necesaria –apuntó Julia con suavidad–. En un mundo de agua, poder respirar más que nadie debajo de ella, era toda una ventaja.

–Era el hijo De la Cuadra, creo que eso fue suficiente para Roberto –gruñó Max, antes de esbozar una sonrisa tensa–. Pero, claro, creo que el resto del Proyecto Alejandría buscaba otra clase de requisitos, ¿verdad?

Y entonces pasó a contarles lo que le había ocurrido durante su desaparición.

~oOo~

Había estado contemplando a Burbuja fijamente durante unos segundos, esforzándose por hallar una solución a su situación, pero no se le ocurría nada. Ya no tenía aliados en aquel submarino, era un paria que se había unido al enemigo al darle la carpeta roja al capitán Montero, así que no podía pedir ayuda. Sólo contaba con Burbuja, que era muy listo para algunas cosas, pero un completo necio para otras.

Ojalá fuera Roberto. Él lo habría solucionado todo. ¡Maldita sea!

Golpeó una pared, desesperado. No le gustaba deberle nada a nadie y a aquel maldito hombre le debía la vida, tanto a una personalidad como a la otra; tampoco le gustaba el experimentar la impotencia de no poder hacer nada, no podía soportar ese sentimiento desde el accidente que destrozó su vida.

–Si… Si al m-menos Marimar estuviera aquí –comentó Burbuja de repente.

Gamboa se quedó muy quieto, atando cabos. Era una posibilidad remota, por no decir directamente imprudente o incluso lunática… Pero también era la única que tenían.

–Marimar –musitó, antes de volverse hacia Burbuja, que le miró con atención, abriendo los ojos–. Tú recordabas a Marimar antes de que descubriéramos ese vídeo en tu teléfono móvil.

–Sí…

–Burbuja, esto es muy importante –se acercó a él, esperando resultar calmado, aunque era algo que no controlaba del todo–. ¿Recordabas a Marimar desde siempre o pasó algo para que la recordaras? –el interpelado dudaba, era algo evidente, por lo que Gamboa le colocó una mano en el hombro–. Has conocido a Marimar, ¿verdad? –Burbuja asintió, por lo que él le imitó–. Es muy guapa, ¿verdad?

–¡Y muy simpática!

–Y seguro que quieres recordarla…

–No. No… Ma-Marimar y yo d-dijimos que crearíamos recuerdos nuevos. Porque… Porque yo ya no s-soy Roberto, soy Burbuja –había mucha seguridad en su voz, aunque su mirada era huidiza y retorcía las manos; entonces, volvió a alzar el rostro, sonriente–. Y… Y va a venir a p-por m-mí, l-le pro-prometí que sobreviviría hasta que ella lle-llegara a buscarme.

Quiso suspirar de puro alivio, pues ya tenía un clavo al que agarrarse.

–Burbuja, sólo hay una posibilidad para que sobrevivas aquí hasta que llegue Marimar –le informó muy, muy serio, captando toda su atención–. Y, Burbuja, esa posibilidad es que regrese Roberto.

–¡No! ¡No quiero! –el hombre alzó la voz, alejándose de él; retorcía las manos, le temblaban las piernas, pocas veces le había visto tan nervioso. Acabó haciéndose un ovillo en la esquina, negando lentamente con la cabeza–. No quiero ser Roberto, q-quiero ser B-Burbuja. No quiero ser malo, no…

Gamboa se acuclilló a su lado.

–¿Recuerdas que una vez te dije que Roberto y yo éramos amigos?

–S-sí, decías que jugábamos a-al ajedrez.

–Eso es –asintió él con un gesto–. Yo conocía bien a Roberto y, aunque no era perfecto, que no lo era, no era una mala persona.

–P-pero… Yo le vi… Hizo llorar a-a Marimar y… La… La gente le-le perseguía y…

–¿Crees que una chica como Marimar querría a alguien malo? –le preguntó, encogiéndose de hombros–. A veces las buenas personas hacen llorar a los demás. Una buena persona no es infalible, Burbuja, comete errores. Y, en el caso de Roberto, hizo llorar a Marimar porque la quería y era la única forma de salvarla –hizo una pausa, clavando la mirada en la de su interlocutor–. Burbuja, ¿cómo recordaste a Marimar?

–Intentando r-romper la b-burbuja. Si… Si rompo la burbuja… Roberto volverá…

~oOo~

Ricardo no podía creerse lo que acababa de escuchar. Sencillamente era demasiado, demasiado para él, para cualquiera. Mientras intentaba asimilar las palabras que Max acababa de pronunciar, no dejó de mirar a su mujer, que se retorcía las manos con nerviosismo. No le extrañaba. ¿Cómo había podido saber eso todo el tiempo y no haberlo contado? ¿Cómo había podido siquiera mirar a los ojos a toda la tripulación, incluido él?

¿Acaso te conozco, Julia? ¿La mujer que amo es real o sólo es un espejismo? ¿Eres tú o eres una completa desconocida?

–¿Lo supiste todo este tiempo? –el tono de Julián le hizo abandonar sus propias reflexiones, olvidar por un momento el dolor sordo que estaba notando en el pecho, justo donde antes había tenido un corazón. El tono de su amigo era frío, aunque no demasiado, pues ocultaba una rabia sin igual que sólo Ricardo conocía bien–. ¡Doctora, ¿lo supiste todo este tiempo?! ¿Éramos un puto recambio y no dijiste nada?

Julia se apartó el pelo con ambas manos. Estaba pálida e intentó buscar sus manos, pero Ricardo no pudo concederle aquello. De hecho, aunque hubiera querido, le habría resultado imposible, pues sus manos se apartaron solas, sin que él se lo ordenara.

–Debía ocultar el protocolo del Proyecto…

–¡Los cojones! –soltó Julián, golpeando violentamente la pared que tenía al lado–. Llevamos viajando juntos meses. Comiendo juntos, bebiendo juntos, hablando, pasando por todo tipo de catástrofes… Y no nos dijiste nada…

–¡No podía!

–No quisiste. ¡No te dio la gana! –insistió Julián, poniéndose en pie–. Palomares –señaló al chico, sin apartar la mirada de la mujer–, descubrió las bolsas de sangre y te preguntó. ¡Y tú le mentiste! ¡Así que no me vengas con que no podías!

Ricardo se puso en pie para acercarse a su mejor amigo. Colocó las manos en sus hombros, estrechándoselos para calmarle, mientras le dedicaba una mirada muy expresiva, la que quería decir “déjame esto a mí”. Después, tomó aire, hizo acopio de la poca fuerza de voluntad que le quedaba y encaró a su esposa. Varias lágrimas habían saltado de sus ojos, se la veía arrepentida, pero en ese momento no le importó. Una vez la perdonó, volvió a confiar en ella… sólo para que Julia le mintiera de nuevo y le ocultara algo tan importante como que sus hijas y su tripulación eran órganos de recambio para la gente del Proyecto Alejandría.

–¿En qué consiste el protocolo? –preguntó.

–U-una de las mayores motivaciones a la hora de usar el acelerador de partículas era la de encontrar una cura suprema. Una cura que sanara todas las enfermedades del mundo –le explicó Julia; a medida que hablaba parecía calmarse.

–Y debieron de conseguirlo –intervino Vilma con suavidad. A diferencia del resto de los chicos, permanecía tranquila, su mirada brillaba con suspicacia y estaba concentrada en Julián–. Quiero decir, curaron a De la Cuadra. Es evidente, entonces, que lograron encontrar la dichosa cura, ¿por qué deseaban, o desean, nuestros órganos?

–Muy sencillo –asintió Julia, volviéndose hacia ella–. Una cura detiene la enfermedad, la hace desaparecer, pero no la revierte. Es decir, los daños que ha causado la enfermedad no desaparecen mágicamente. Muchas veces, se pueden sanar con mediación o el propio cuerpo. Sin embargo, en el caso de enfermedades especialmente virulentas… Bueno, digamos que los daños son irreparables.

–Y la única forma de “reparar” un órgano tan dañado es cambiarlo por uno fuerte y sano, como los nuestros –observó Ramiro con tirantez.

Julia sólo pudo asentir con un gesto.

–¿Por qué algunos supervivientes tienen los pulmones machacados? –preguntó de pronto Piti, que había fruncido el ceño–. De hecho, los que casi nos matan tenían que usar las máscaras cinco horas al día –explicó, cruzando los brazos sobre el pecho–. La capitana me dijo que era culpa de Roberto.

–No lo sé –en aquella ocasión, Julia le pareció sincera, aunque Ricardo ya no podía confiar en sus propios instintos, sobre todo en lo relativo a esa mujer que había jugado tanto con él. Julia agitó la cabeza, de nuevo–. Quizás, al estar en Ginebra, en pleno centro del cataclismo, se vieron afectados de algún modo… Puede que el acelerador les afectara…

–Muchos de los tripulantes del barco francés estuvieron en Ginebra –añadió Marimar–. Después del cataclismo, fuimos a buscarlos, antes de partir hacia esta isla –la chica entornó la mirada, pensativa–. Tiene que ser eso, sí, tiene sentido, al menos.

–¿Y qué vamos a hacer ahora?

La pregunta de su hija le cogió desprevenido. Él había ocultado esa misma pregunta en lo más hondo de su ser, no quería planteársela; en un principio, por estar demasiado preocupado por su hija pequeña y por Julián, mientras que, en aquel momento, se esforzaba por no pensar en Julia, en su traición y en lo que suponía todo aquello. No obstante, él era el capitán, el líder, la figura de autoridad, por lo que no podía ignorar sus responsabilidad, por mucho que fuera lo que más deseaba.

–Max, ¿a dónde conduce el mapa de Roberto?

–No sé a dónde exactamente, pero sí a qué –respondió el joven con seriedad–. Es un mapa del tesoro, capitán. Roberto dejó preparado algo, algún tipo de mensaje, con información necesaria para sobrevivir.

–Comprendo –asintió, alejándose un poco para poder mirar a todos los presentes–. Bien. Lo que vamos a hacer ahora es vivir. Esta isla es nuestra, va a ser nuestro hogar y lo vamos a habitar. Por eso, un pequeño grupo va a seguir el mapa de Roberto y conseguir ese mensaje, mientras los demás hacemos esta isla habitable. Max –pronunció el nombre con claridad, fijándose en él con autoridad–, ha demostrado ser de confianza y saber valerse por sí mismo. Elija a un par de acompañantes y vaya a por ese tesoro.

–Con todos mis respetos, capitán –dijo el interpelado con suavidad–, pero cualquiera puede seguir el mapa. Se lo entregaré y puede enviar a quien usted desee, pero no yo. Yo tengo que salvar a Burbuja…

–No pienso dejar a Burbuja atrás –le interrumpió con decisión–, pero Burbuja se encuentra en un submarino que no podemos rastrear. ¿Cómo piensa encontrarle? –ante el silencio incómodo de Max, relajó su expresión–. Comprendo lo que siente y, de verdad, comparto su deseo de querer encontrar a Burbuja. Pero, quizás, esa información que dejó Roberto nos sea más útil que, no sé, navegar en el Estrella a la espera de encontrarse el submarino. Encuentra el tesoro, Max, y después veremos cómo ayudar a Burbuja.

~oOo~

No le apetecía lo más mínimo el volver a seguir el mapa, pero comprendía el punto de vista del capitán, por lo que se quedó pensando en quién elegir como acompañante, mientras la sala de estar se iba quedando vacía poco a poco. Los alumnos del Estrella se fueron los primeros, seguramente para asimilar lo que acababan de hablar, y les siguieron el capitán y la doctora; después, De la Cuadra fue al dormitorio donde Valeria descansaba, mientras Salomé, Marimar y Ventura iban a la cocina para encargarse de preparar la cena para todos.

No podía concentrarse, no podía pensar bien, pues Ainhoa no desaparecía de su cabeza. Si a medida que la conocía, la chica iba calando más y más en su persona, con los últimos acontecimientos apenas podía sacarla de sus pensamientos: se le había declarado, había admitido que la quería, algo que no había pensado que podría suceder… Pero luego Ulises había muerto y eso lo cambiaba todo.

Tenía que hablar con ella.

–Eh, rubito, ¿podrías hacerme un favor? –la voz del primer oficial le regresó a la realidad, por lo que, de repente, se encontró a sí mismo asintiendo–. Échale un vistazo a los críos, mientras estoy fuera. Tengo que ir a por pescado a la playa.

Hizo una mueca. Los críos no eran precisamente su especialidad, de hecho eran una de las cosas que más respeto le daban. Sin embargo, no le quedaba otra, así que se levantó y fue al dormitorio donde, en la única cama de matrimonio, descansaba Valeria, intentando recuperarse del disparo que había recibido durante el tiroteo. Junto a ella estaba Ratón, el nieto de Ventura, que tenía en la mano un calcetín… No, era una marioneta con pelo negro. La de la niña tenía el pelo rubio, los ojos azules y una especie de perilla… Se rascó la suya, ¿era él?

–Hola, Max –saludó la niña, regalándole una gran sonrisa.

–Hola, Valeria, ¿cómo estás?

–Bueno… Me sigue doliendo, pero Julia dice que se curará –se encogió de hombros, antes de volver a hablar, cambiando de tema por completo–. ¿Quieres jugar con nosotros?

–Pero no tenemos otra marioneta –apuntó Ratón.

–Deberíamos hacer una marioneta-Ainhoa para él.

–¿Una marioneta-Ainhoa? –se extrañó Max, empezando a temer que su primera intuición respecto al calcetín había sido acertada.

–Claro. Papá hizo estas dos. Sois Ulises y tú… y os peleabais por Ainhoa –la niña se echó a reír, agitando a su versión calcetín lo que, desde luego, le resultaba de lo más raro–. Era muy divertido.

–Ah… Qué… Gracioso tu padre… –miró a su alrededor. No había nadie, estaba a solas con los niños. Era un poco triste el tener que hacer eso, por no calificarlo de patético, pero Max se conocía bien a sí mismo y sabía que necesitaba un incentivo para terminar de armarse de valor–. Y… Valeria, ¿a quién eligió tu hermana?

–¿Se lo tienes que preguntar a una niña en vez de a mí?

La voz de Ainhoa provocó que casi le diera un infarto, ¿cuándo había entrado en la habitación? Sonrojándose como si tuviera cinco años y hubiera sido descubierto en plena travesura, se giró hacia la chica.

–Dolerá menos con una voz que no sea la tuya.

–¿Necesitas que te confirme lo que ya sabes?

–Necesito decirte algo. A solas.

Ainhoa se encargó de que Marimar les sustituyera, pues Salomé y Ventura estaban muy ocupados compartiendo recetas, técnicas de cocina y anécdotas. Entonces, los dos pudieron alejarse un poco de la cabaña, quedándose a solas entre las palmeras, la hierba y las piedras. La chica lo miraba con cierta extrañeza, también con algo de miedo, seguramente temiendo otra estúpida declaración por su parte.

Se quedó contemplándola unos instantes. En silencio, sin apenas moverse, recreándose en la chica más maravillosa que nunca había conocido. “Las chicas como Ainhoa tienen ángel”, había dicho una vez. Y qué gran verdad era. Nunca había conocido a alguien como Ainhoa, nunca había sentido aquel amor poderoso y más fuerte que él, ni siquiera cuando había estado con Natalia.

Y lo iba a perder. La iba a perder.

Pero la quería y no podía hacer otra cosa.

–Hoy me he propuesto contar todos mis secretos –le dijo con delicadeza–. Se suponía que no debía hacerlo, pero os merecíais la verdad. Siempre he creído que, si respetas a alguien, si alguien te importa, lo menos que puedes hacer es ser honesto con ese alguien.

–¿Por eso me contaste todas esas cosas en la tienda de campaña?

–En parte. También te las conté porque creo que eres alguien en quien se puede confiar. Y, para qué negarlo, tienes un don para romper mis esquemas y mis planes –le sonrió un poco, agitando la cabeza–. No tenía que enamorarme de ti. Se suponía que no podía establecer lazos, relaciones, con nadie para mantener la mente fría, pero… Llegaste tú. Un poco asustada, pero valiente como la que más… Destacabas tanto entre los demás, no pude evitar fijarme en ti. Y luego… Bueno, digamos que cuando alguien te noquea antes de llevar a cabo un plan suicida ella sola, no puedes evitar estar pendiente de ese alguien.

Ainhoa sonrió un poco. Durante un instante fue la expresión más bonita que él había visto, alegre, entre divertida y de disculpa, seguramente porque, al igual que él, estaba recordando aquella primera aventura juntos. No obstante, no tardó en volverse triste, un tanto torturada.

–Max… –dijo con un hilo de voz–. No puedes hacerme esto. Ahora no. Ulises acaba de morir y yo… Yo elegí darle otra oportunidad.

–Es que esto va de Ulises.

–¿Qué? ¿Hicisteis un pacto de hombres para daros el visto bueno o algo así?

–No. Los dos éramos muy consciente de que todo dependía de ti, que tú tenías que elegir –hizo una pausa, durante la cual se revolvió el rubio cabello, intentando encontrar las palabras adecuadas–. Sé que le elegiste a él, que siempre fue él, pero no puedo evitar quererte, Ainhoa. Y no. Esto no es un desesperado intento de conseguir a la chica. No me entiendas mal, me encantaría conseguir a la chica, pero no así. No quiero ser el rebote, la única opción que te quede. Quiero que me elijas porque me quieras, porque quieres vivir tu vida junto a mí –llenó sus pulmones de aire, antes de soltar–. Y como te quiero, te respeto y quiero un futuro junto a ti, tengo que ser sincero, tienes que saber el último secreto que guardo en la recámara.

–¿Qué secreto? –Ainhoa frunció el ceño.

–Yo te envié la foto de Ulises junto a Dulce.

Se quedó en silencio, viendo como la cara de Ainhoa cambiaba, pasando de una emoción a otra, hasta que la ira se adueñó de ella. La chica lo miró con incredulidad, apretando los puños con tanta rabia que sus nudillos palidecieron.

–¿Cómo pudiste…? –inquirió con frialdad, antes de alzar el tono, justo al mismo tiempo que se acercó a Max para propinarle un buen empujón–. ¡¿Cómo pudiste hacerlo?! ¡Lo has destrozado todo! ¡TODO! ¡Dejé a Ulises por esa foto! ¡Oh, Dios mío…! –Ainhoa pareció desinflarse como un globo; se llevó las manos a la boca, quedándose muy quieta–. Es culpa tuya… No… Nuestra… Tú pusiste la foto, yo le dejé… y por eso Ulises está muerto.

–No puedes pensar eso.

–Si no hubieras dejado la foto, si no le hubiera dejado, habría seguido en el Estrella y… No sé, las cosas habrían sido diferentes…

–Ulises conocía la existencia del Proyecto –le recordó con suavidad, sin atreverse a acercarse–. No sé cómo o por qué ocurrió, pero encontró a Dulce y descubrió parte de lo que sucedía. Me imagino que le dirían que callara, aunque su destino ya estaría echado. A Alexander no le gustan las personas que saben demasiado…

–¡Cállate! –rugió Ainhoa, llevándose las manos a la cabeza–. Estás justificándote. Dios… –dio una patada al suelo y fue entonces cuando Max comprendió que estaba llorando–. ¡Me mentiste! ¡Siempre me has mentido! ¡Ni eras pianista del hotel, ni dedujiste las cosas sobre mí, ni fue casualidad que Ulises se quedara en el hotel! ¡Lo planeaste todo!

–Tenía que dejar a alguien del Estrella en el hotel para garantizar la paz. Sé que tu padre habría vuelto igualmente, pero la gente del hotel necesitaba un seguro. Ulises era el mejor candidato. Era fuerte, valiente, un líder. Era lo que necesitaban.

–¿Y qué hay de lo que yo necesito?

–Te juro que no creía que fuera a ocurrirle nada.

–¿Y de qué me sirve tu juramento? ¿De qué me sirven tus palabras? Están vacías, huecas, porque no sé cuándo has sido sincero conmigo y cuándo jugabas. ¿El momento del piano fue real? ¿La noche en la sala de mandos? Dime, Max, ¿cuánto fue real y cuánto un mero engaño para llevar a cabo tu plan? –se acercó a él, fulminándole con la mirada–. ¿Y lo que le ocurrió a Ulises? ¿Tuviste que dejarle o lo hiciste para quitártelo de encima? Dime, Max, ¿cómo puedo confiar en tu palabra? ¿Cómo puedo creerte cuando dices que no te quedó otra opción?

–Puede que te contara alguna mentira, pero todo fue real, Ainhoa. Cada conversación, cada mirada, cada broma. Todo fue real. Eres lo único real que he tenido en la vida desde hace mucho tiempo. Tras lo que perdí, tras las mil mentiras y las mil actuaciones para asegurarme un sitio en el Proyecto Alejandría, apareciste tú… Y todo se desmoronó. Te lo he dicho: desde el momento en el que te vi, algo cambió en mí. Volví a ser el Max que era, incluso mejor porque, Ainhoa, tú haces que desee ser una mejor versión de mí.

–Pues yo ahora no la veo… Y no sé si la veré alguna vez…

~oOo~

Burbuja le había explicado cómo había estado a punto de romper la burbuja que tenía alojada en la cabeza. Era un plan inteligente, pero, claro, en su situación no podía hacerse con lo necesario… así que decidió improvisar. Teniendo cuidado de no toparse con Víctor, que parecía el perro guardián de Burbuja, logró conducirlo hasta un baño. Una vez ahí, llenó un lavabo con agua, esperando que aquello funcionara.

–Esto es hasta poético –comentó entre dientes en cuanto todo estuvo listo.

–¿Q-qué quieres decir?

–Nada, tonterías mías, Burbuja. Vamos…

El hombre se acercó, mirando el agua con aprensión, algo que no sorprendía a Gamboa: la mera idea de ser ahogado tenía que ser, cuando menos, inquietante. Sin embargo, Burbuja parecía dispuesto a hacer cualquier cosa por cumplir su promesa a Marimar, algo que Gamboa respetaba y, por eso, se encontró rezando a un Dios, en el que no tenía muy claro si creía o no, sólo para que todo saliera bien.

Cuando terminó su improvisada plegaria, contuvo la respiración y enterró los dedos en la rubia mata de pelo de Burbuja para enterrar su rostro en el agua. Éste último se retorció, intentó liberarse, pero Gamboa se mantuvo firme, la presión debía de ser la adecuada para romper la burbuja… aunque no debía dejar que se ahogara. Por eso, cuando Burbuja dejó de luchar con tanto ahínco, echó el brazo hacia atrás, liberándole.

Burbuja cayó al suelo, comenzando a toser, mientras expulsaba todo el agua que había tragado. Gamboa se acercó a él, dispuesto a socorrerle, pero el hombre se alejó, todavía tosiendo como un condenado.

–No… hace… falta…

–¿Estás bien, Burbuja?

–Sí… Y, por cierto, sí que es poético que el amigo que me traicionó e intentó matarme ahogándome, me haya traído de vuelta de la misma manera –los ojos de Roberto se clavaron en él, mientras se secaba la cara–. ¡Cuánto tiempo, Ernesto! Bueno, quizás debería decir Judas, ¿no crees, amigo?