La última misión de los tripulantes del Estrella Polar » 02. A través del espejo y lo que Max encontró ahí

Capítulo 2

A través del espejo y lo que Max encontró ahí

 Dos semanas atrás…

Avanzaba por la selva con toda la rapidez que su pie herido le permitía. Había tenido que propinarse un profundo corte en la planta para impedir que De la Cuadra le separara de los chicos y, así, poder protegerlos en una tierra que, a juzgar por el mensaje de bienvenida que había descubierto en la playa, sería hostil. Lamentaba haberlos abandonado a su suerte esa mañana, pero seguramente sería la mejor opción que tendrían: si lograba hacerse una composición de lugar, quizás pudiera proteger mejor a los tripulantes del Estrella Polar.

Mientras seguía las indicaciones del mapa que Roberto había dejado en el interior de los osos de peluche, evaluaba posibilidades: a saber qué habrían terminado haciendo Alexander y sus leales súbditos, por no decir directamente lameculos, con el proyecto que Roberto había diseñado.

Fue entonces cuando escuchó pasos.

Y lo vio.

Con el rostro desencajado por el asombro, contempló al hombre que tenía ante sí. Philippe llevaba vaqueros, una camiseta y botas, lo que también constituía otra sorpresa, junto al hecho de que estuviera vivo. Debió de notar que permanecía atónito, nada demasiado difícil a juzgar por la expresión que debía tener, pues sonrió con aire socarrón, mientras le saludaba:

–¡Max, no esperaba volver a verte!

–Es algo mutuo, Philippe –logró decir, mientras todos los músculos de su cuerpo se ponían en tensión–. Deberías estar muerto… Al menos, se suponía que serías tú quien permaneciera en Ginebra para dirigir el accionamiento del acelerador…

–Oh, y así fue.

Max frunció el ceño, no comprendía nada y el encontrarse a Philippe había derribado todas las posibilidades que estaba barajando hasta el momento. Además, aquella sensación de peligro no abandonaba su cuerpo y, si algo había aprendido con los años, era a confiar en sus instintos.

–Una vez más me sorprendes, Max –Philippe volvió a hablar, sonriente, tranquilo, como si dominara la situación–. Eres una persona de lo más imprevisible. Un digno rival. Sin embargo, tu formación falla en muchas cosas. Se nota que tú posees el cerebro de tu querida novia, ¿cómo se llamaba?

–Déjala en paz –siseó, irritado.

–Ah, sí, Natalia. La bella y cándida Natalia… –los azules ojos del hombre se perdieron en el infinito un momento, como si deambulara entre sus propios recuerdos. Después, agitó la cabeza y le volvió a mirar–. ¿Nunca te han hablado del ojo de la tormenta?

Hizo memoria, pues el término le resultaba familiar.

–Se supone que el centro de un ciclón es la zona más segura cuando se da. Permanece intacta, mientras el temporal es extiende y la destrucción campa a sus anchas a su alrededor.

–Muy bien –le felicitó Philippe, acompañándose de un gesto de cabeza–. Una parte de Europa sobrevivió al cataclismo. Suiza, Austria en su mayoría, la república Checa, un pedacito de Italia, otro de Alemania, incluso un poco de Francia… Ahora es una isla, aunque no tan tropical como esta.

–Si hay otra isla, ¿por qué estar aquí? ¿Por qué no levantar una nueva Alejandría?

La sonrisa de Philippe se ensanchó, lo que le dotó de un aire de lo más siniestro, que consiguió que Max sintiera un escalofrío recorriéndole la espalda.

–Mucho me temo, Max, que por mucho que te respete y por mucho potencial que hayas demostrado, tu supervivencia llega hasta este preciso momento –entonces chasqueó los dedos, dando un paso hacia atrás, mientras se despedía–. Au revoire, Max.

Un grupo de personas ataviadas con trajes de protección aparecieron casi de la nada, rodeándole. Sin embargo, como bien había dicho Philippe, él había demostrado mucho potencial y, aunque su cociente intelectual no era comparable con el de los genios que trabajaban en el Proyecto Alejandría, sabía cómo sobrevivir. Por eso, se tiró al suelo. Rodando, logró esquivar los primeros disparos. Se puso en pie. Cargó contra una de esas personas, antes de internarse en la selva.

¿Qué podía hacer? Si regresaba al campamento, pondría en peligro a los demás. No, eso quedaba descartado. Entonces lo recordó: ¡la cabaña! Siguiendo las indicaciones del mapa de Roberto había terminado en una cabaña, donde había podido descansar un poco e incluso secarse tras haber estado toda la noche recorriendo la playa en busca de una amenaza. Al examinarla, había descubierto que, además de comida, ropa de recambio y uno de esos trajes de protección, había un buen alijo de armas y munición. Si conseguía llegar ahí, al menos tendría una oportunidad.

Corrió a través de la selva, ignorando el lacerante dolor del pie.

Sin embargo, no fue suficiente.

De repente, sin que hubiera podido ni escucharla, salió una figura de la maleza. Se tiró sobre él. Max no pudo esquivarla, aunque logró dar la vuelta a la situación. Usando la fuerza de sus manos, se deshizo de su atacante. Intentó huir de nuevo, pero, entonces, notó algo en el cuello. Un pinchazo, como el de un mosquito.

La oscuridad se hizo…

 ~oOo~

 Presente

Desde que se había subido al Estrella Polar, Julia había notado como su vida, hasta ese momento medianamente tranquila, se había convertido en una demostración continua de acrobacias. Era difícil saber cosas, sobre todo si tenía que mantenerlas en secreto y, todavía más, si tenía que ocultarlas a gente a la que apreciaba. Porque los quería a todos ellos: no solo amaba a su esposo, sino que adoraba a las niñas, a Salomé, a Vilma, a los chicos con sus tonterías, incluso a De la Cuadra con sus continuos gruñidos y disparates.

Desde el día en que se había dado cuenta de ese amor, había vivido en perpetuo temor a que llegara el momento de decir la verdad. Al parecer, ya estaba ahí, materializado en un joven rubio de baja estatura y mirada azul, en aquellos momentos gélida como el hielo.

–Ha pasado el tiempo de los secretos, doctora Wilson, es hora de que nos cuente todo lo que sabe –le había dicho, apuntándola con una pistola.

Y el mundo pareció detenerse.

Los hechos se precipitaron con velocidad endiablada. Fue como un segundo cataclismo para ella; Ricardo y De la Cuadra se colocaron entre ambos con un claro ademán protector; Salomé había abierto la boca para propinar una exclamación; los chicos, encabezados por Ainhoa y Piti, les había rodeado con la misma sorpresa.

–¡Max, ¿qué estás haciendo?! –preguntó Ainhoa, estupefacta.

–Mira, rubito, deja en paz a la doctora… –había comenzado a decir De la Cuadra.

–¿Te has vuelto loco? –insistió Ainhoa, casi fuera de sí.

Hasta ese preciso momento, Ricardo había permanecido muy quieto. Sus hombros en tensión, los puños apretados y la mirada más torva que le había visto jamás. Julia, angustiada ante lo que iba a pasar, no encontró voz, ni siquiera la calma suficiente para hilar más de un pensamiento e intentar reconducir la situación.

–He pasado muchas cosas por alto con usted –dijo Ricardo con frialdad, Julia podía ver como la sangre recorría las venas de su muñeca, debido a lo apretadas que mantenía las manos. Parecía a punto de estallar–. Pero no esto. ¡Nadie amenaza a mi mujer!

–Su mujer le oculta cosas, capitán –repuso Max con calma.

–¡Desde luego que no! –exclamó el interpelado, todavía más furioso–. El único que oculta algo es usted, Max. ¿Cómo sabía las coordenadas de tierra? ¿Cómo sabía que en la cabaña había armamento? ¿Qué ocurrió durante la semana que estuvo fuera?

–Si quiere saber algo, pregunte –respondió el joven, antes de encogerse de hombros y dejar de empuñar la pistola–. Está bien. Guardaré el arma y responderé a todas sus preguntas, capitán. No tengo nada que ocultar. Sin embargo, su querida esposa no puede decir lo mismo. Por eso, lo haré a cambio de que ella se quede aquí y luego nos cuente lo que está sucediendo aquí de una puñetera vez.

–Capitán…

Para su sorpresa, la voz suave que sonó fue la de Palomares. El joven cura se había adelantado al dar un paso, sobresaliendo del círculo que formaban los demás. Llevaba la camisa negra con el alzacuellos, una Biblia nueva entre las manos… y no la estaba mirando a ella, por lo que Julia notó un pinchazo en el corazón.

–No es el momento, Palomares…

–Creo que Max tiene razón –observó con calma, aunque con tono afilado, suspicaz–. Hace unos días, antes de llegar al hotel por segunda vez, descubrí algo. Descubrí un compartimento oculto en la enfermería, donde había bolsas de sangre de todos nosotros. La explicación que me ofreció la doctora no fue muy convincente… ni ella tampoco.

Ricardo se volvió hacia ella, frunciendo el ceño, aunque Julia siguió callada, sin saber qué decir. Su esposo, entonces, no abandonó aquella postura tensa, aunque ya no parecía tan hostil hacia Max.

Se preguntó qué habría pasado para que Max reaccionara así.

 ~oOo~

 Una semana atrás…

 Su mente estaba embotada. En realidad, era como si estuviera sumergida en una espesa bruma que no le facilitaba el pensar. Sin embargo, sabía que estaba a punto de despertar, que tenía que hacerlo para sobrevivir, para salvar a los demás. Empleando toda la fuerza de voluntad que aún quedaba en su maltrecho cuerpo, luchó contra aquel atontamiento, reduciéndolo a unos jirones que se evaporaron ante el raciocinio.

Fue entonces cuando abrió los ojos.

Estaba tumbado en una cama mullida, como la almohada sobre la que reposaba su cabeza. Las sábanas de hilo eran blancas, inmaculadas, un poco rígidas. Le recordaban a las… Frunció el ceño, mirando a su alrededor sin mover su cuerpo, en parte porque le dolía horrores, en parte porque no quería llamar la atención. Las paredes de la habitación también eran níveas, como el suelo y el techo. A su derecha había uno de esos percheros metálicos donde se colgaban las bolsas de suero para que el enfermo pudiera moverse sin quitarse las vías. No había ninguna duda. Estaba en un hospital.

También comprobó que estaba solo en la habitación. La cama de al lado, pulcramente hecha, no tenía visos de haber sido utilizada nunca y la puerta permanecía cerrada. No sabía cuánto permanecería así, por lo que intentó levantarse… para comprobar que sus muñecas estaban atadas a las orejeras metálicas que había a cada lado de la cama. Mierda.

Comprobó que tenía algo de movilidad, lo que le alivió. Algo era algo, quizás podría improvisar algún modo de liberarse más adelante.

Estaba pensando en aquello, cuando la puerta de la habitación se abrió. Una mujer ataviada de negro y con el pelo recogido en una trenza apareció y fue directamente hasta él. No le dijo nada, ni siquiera pareció sorprenderse ante el hecho de que estuviera despierto. Era como un robot. Sin inmutarse, de forma mecánica, como un buen soldado, dispuso el material que traía consigo en la mesilla que había junto al colchón: una bacinilla metálica con varias agujas y un escalpelo, además de un kit de vía intravenosa junto a una bolsa que, seguramente, no sería simple suero.

–¿Qué me va a hacer? –preguntó, mirándola con desconfianza.

La mujer no respondió, por lo que Max probó suerte con los otros dos idiomas que conocía: el inglés, que había heredado de la familia su madre junto a su nombre, y el francés que había aprendido a fuerza de trabajar en Ginebra. No obstante, aquella especie de enfermera no se dignó en prestarle atención, sencillamente se limitó a sacarle sangre.

Durante el proceso, Max calculó la distancia que había entre la barra metálica a la que estaba atado y la bacinilla. ¿Podría alcanzarla? Si era capaz de coger la lanceta… Bueno, sólo había una forma de averiguarlo.

–¿Por qué me saca sangre? ¿Qué está ocurriendo? ¡Quiero hablar con Philippe! ¡Exijo una explicación! ¡PHILIPPE! ¡PHILIPPE, ¿DÓNDE ESTÁS?!

–Cálmese –siseó la mujer, evaluándole con la mirada. Max le devolvió el gesto, muy seguro de sí mismo, lo más amenazador posible, dado que estaba atado en una cama de hospital con un horrible y ridículo camisón hospitalario. Al final, debió de decidir que sería mejor consultar con alguien, puesto que añadió con un leve acento francés–. Aguarde un momento. No se mueva.

Max le mostró sus ligaduras, enarcando una ceja.

–No es que tenga más opciones.

En cuanto la mujer desapareció por la puerta, Max empezó a forcejear con la basta cinta que unía su muñeca al barrote. Notando que se estaba dejando la piel en carne viva, pudo subirla un poco, de tal manera que su muñeca quedó libre; esforzándose todavía más, apretando con fuerza la mandíbula para que no se le escapara ningún quejido, alargó los dedos todo lo que pudo. Logró rozar la bacinilla. Miró hacia la puerta. Ni rastro de la enfermera. Lo intentó otra vez. Las yemas de dos dedos acariciaron el metal, arrastrándolo un poco. Una vez más. Consiguió acercar la bandeja lo suficiente como para coger el bisturí y empezar a trabajar con él.

Estaba en pleno proceso de cortar la dichosa ligadura, cuando Philippe hizo, de nuevo, acto de aparición. Le dedicó otra sonrisa, que sólo logró enfurecer a Max. El hombre, tan tranquilo, se acomodó en la silla junto a su cama.

–He oído que me llamabas.

–¿Qué narices está pasando aquí? ¿Por qué me habéis sacado sangre? ¿Y qué hace un hospital en esta isla? En los planes de Roberto…

Philippe le interrumpió al soltar una risita.

–Roberto fue una pieza clave del Proyecto Alejandría. No lo negaré. Sólo alguien como él sería capaz de diseñarlo tan minuciosamente, de saber qué puntos sobrevivirían al cataclismo. Sin embargo, Roberto no dejaba de ser un instrumento que servía a los deseos de personas mucho más importantes que él –la expresión de Philippe se tornó lobuna, calculadora–. Hay personas que conocen mucho mejor el verdadero Proyecto Alejandría que nuestro querido doctor, ¿sabes?

–Gente como tú, claro, como los que están ahí fuera… Gente sin escrúpulos, a los que no les importan las personas. Gente como Alexander.

–Gente con poder. Gente que sobrevive.

–¿A qué precio, Philippe? ¿De verdad merece la pena todo esto? El acelerador no debió ser puesto en marcha –le recordó con dureza, entrecerrando los ojos–. Roberto os robó una parte importante de él, pero no os importó y aquí estamos. Del mundo apenas queda nada, sólo unos pocos hemos sobrevivido. ¿Y el resto? ¿Qué me dices de las personas inocentes que murieron? ¿Qué me dices de las familias, las parejas, los amigos que habéis destruido? ¿Acaso las ganancias son mayores que las pérdidas?

La sonrisa de Philippe se congeló, mientras lo observaba con seriedad, como si estuviera reflexionando acerca de todo esto. Incluso se removió, ligeramente incómodo, en la silla.

–Tú sabes mucho de pérdidas –le recordó.

–No la menciones –le advirtió Max, un matiz peligroso inundó su voz, al mismo tiempo que la correa se rompió de una vez–. Y ya puestos a hablar de pérdidas, ¿qué me dices de la doctora Wilson? Tenía entendido que era tu novia, pero ahora cree que estás muerto. ¿Ni siquiera eso te importa?

La pregunta quedó en el aire, pues justo en ese momento, otra mujer cruzó la puerta. Esta era rubia, el pelo le llevaba sobre los hombros de forma desordenada y llevaba una bata blanca de médico; en una mano llevaba una tabla de plástico como las que usaban los doctores y en la otra una máscara, que tendió a Philippe.

–Cinco horas al día, ¿recuerdas?

El hombre resopló, antes de aceptarla y apretarla contra su rostro, visiblemente molesto.

–¿Ya tenéis los resultados? –inquirió Philippe.

La recién llegada clavó su mirada en Max, los ojos le brillaban de una forma que a él no le gustó nada, casi como si fuera un regalo muy esperado

–Resulta que nuestro querido Roberto tuvo muy buen ojo a la hora de elegir a sus acólitos –repuso la mujer, tendiéndole las hojas–. El tipo sanguíneo de Max es O–, lo que quiere decir que es donante universal… y que sus bonitos pulmones os pueden salvar la vida a alguno de vosotros. De hecho, según el resto de las pruebas que les hemos estado haciendo durante estos días, sus órganos son compatibles con varios candidatos.

El cerebro de Max comenzó a funcionar a toda velocidad: llegó a varias conclusiones, se le ocurrieron un montón de preguntas… que no llegó a formular, puesto que Philippe volvió a tomar la voz cantante.

–Llegas en el momento justo, Leonor. ¿Sabes que nuestro invitado me estaba preguntando sobre Julia? –la recién llegada abrió mucho los ojos, antes de echarse a reír, agitando la cabeza–. Una vez más, me sorprendes, Max, aunque en esta ocasión para mal. ¿Por qué crees que Gamboa debía detener su relación con el capitán Montero? ¿Por qué crees que alguien de la talla de Julia Wilson embarcó en el Estrella Polar? Porque ella es una de esas personas, Max. Vuestra querida doctora conoce muchos más detalles de los que creéis, ha estado jugando con vosotros todo este tiempo.

–Pobre Julia –Leonor curvó los labios, divertida–. Al fin y al cabo, no deja de ser una marioneta en las manos de otro, ¿verdad, mon amour?

Los dos se miraron con complicidad, bajando la guardia todavía más. Max decidió que había llegado el momento de salir corriendo. A toda velocidad, alzó la mano para coger la bacinilla y la estampó en la cabeza de Leonor con todas sus fuerzas. La mujer cayó inconsciente, llevándose a Philippe por delante.

Al hombre le costó reaccionar y eso fue su perdición. Pues Max volvió a empuñar el escalpelo y cortó con decisión la otra atadura, liberándose de una vez. Con rapidez, acudió junto a Philippe y le quitó la máscara, apuntándole con el afilado bisturí.

–Una palabra más alta que la otra y tus pulmones será lo que menos te importe.

El hombre le contempló, atónito, durante un segundo, que fue lo que le costó a Max darle un buen derechazo, que le hizo perder el conocimiento. Abriendo y cerrando la mano, pues le había dolido tanto como gustado, se puso en cuclillas junto a las jeringuillas que había tirado por el suelo. Quedaban un par intactas, por lo que utilizó una para drogar a los otros dos, como seguramente habrían hecho con él, a juzgar por el comentario de Leonor.

Cuando terminó, observó la máscara un momento, antes de marcharse: tenía que dejar inconsciente a uno de los hombres que la usaban para poder escapar de aquel lugar.

 ~oOo~

 Presente

La niña dormía abrazada a su osito de peluche con una sonrisa en los labios. Valeria… Era curioso, pues había sido de las primeras en conocerla cuando nació, pero tras su ruptura con Roberto perdió todo el contacto con la familia Montero. Qué grande estaba, seguramente ni la habría reconocido. De hecho, lo más probable sería que la propia Valeria no la conociera a ella.

Marimar siguió recostada contra el quicio de la puerta, viendo a Valeria dormir, pues era una visión reconfortante, era lo único que le hacía creer que todo saldría bien. Y necesitaba creerlo con todas sus fuerzas, pues, si se paraba a pensar que Roberto, mejor dicho, Burbuja estaba en manos de Alexander, ella… Ella se derrumbaría.

–Abuelo, esa chica parece triste –le llegó el susurro de Ratón, por lo que se giró un poco para ver los ojos azules de Ventura suspicaces, muy distintos a la amable sonrisa que sus labios esbozaban.

–Marimar se ha despedido temporalmente de un amigo, Ratón.

–¿Su amigo se ha ido muy lejos?

–Bastante, sí. Pero volverá –Marimar supo que se lo decía a ella, no a su nieto, por lo que le devolvió la sonrisa, aunque duró poco. El hombre le dio unas palmaditas al niño, inclinándose un poco hacia él–. Hasta entonces, ¿por qué no eres tú su amigo? Quizás, así, Marimar se alegre un poco.

–¡Claro!

El niño corrió hasta ella, con las gafas escurriéndole hasta la punta de la nariz. Le cogió de una mano, sonriéndole de aquella forma radiante que sólo los niños podían sonreír. Marimar se agachó para facilitarle las cosas y, cuando Ratón le dijo que sería su amigo, le propinó un beso en la mejilla.

–Muchas gracias, Ratón.

Le estrechó las manos. No obstante, no tardó en soltarlas ni dos segundos, pues la puerta de la casa se abrió y un grupo de personas apareció sumiendo en un tenso silencio, roto de vez en cuando por algún cuchicheo. Reconoció a Salomé, a De la Cuadra, a Ricardo y su nueva esposa, a Ainhoa, a varios alumnos del Estrella Polar de los que no recordaba el nombre y, al final, al chico tirando a bajito que había tratado tan bien a Burbuja, lo que le hizo recordar…

 ~oOo~

 El día anterior…

Los hombres de Alexander apresaron a Burbuja de los brazos y, aunque él se mantuvo calmado, ella notó que su corazón palpitaba a tal ritmo que parecía a punto de sufrir una taquicardia. La impotencia le ardió tanto en el estómago, que también parecía tener una úlcera. Llevaba meses, muchos meses, intentando encontrar a Roberto y, al final, había dado con Burbuja. ¿Cómo podía perderlo de nuevo?

–Espera –no supo de dónde había salido su voz, ni aquella decisión que le hizo colocarse frente a Alexander–. Déjame despedirme –el hombre la miró con indiferencia, como si fuera un simple e insignificante mosquito, pero Marimar no se achantó–. Has conseguido lo que querías. Tienes a Roberto. Deja que, al menos, me despida de él. Creo que, al menos, le debes eso. No estarías vivo de no ser por Roberto, ninguno lo estaríamos.

–Está bien –concedió Alexander, acompañándose de un gesto desdeñoso–. Dejad que los tortolitos se digan adiós.

Sus hombres tuvieron la decencia de soltarle, por lo que Marimar sostuvo la mano de Burbuja y se alejó un poco. Le rodeó los brazos con el cuello, abrazándole, antes de besarle apasionadamente en los labios. Notó que Burbuja temblaba levemente, por lo que le sonrió, susurrándole:

–Roberto también temblaba cuando le besaba, ¿sabes? Pero no se sonrojaba. No puedes sonrojarte, Burbuja.

–V-vale –asintió él, también en voz muy baja.

–Esto no es un adiós, ¿vale? Es un hasta luego –le acarició el rostro, intentando atesorar lo que era tocar su piel–. He dado contigo una vez contra todo pronóstico. Lo volveré a hacer. Nos volvemos a ver. Te sacaré de ahí, ¿vale? Podrás volver con tus amigos…

–¿Y contigo?

–Y conmigo –asintió, esforzándose por mostrar más calma de la que en realidad sentía–. Pero, para eso, tienes que hacerles creer que eres Roberto, ¿de acuerdo? Tienes que prometerme que seguirás haciendo esto, tienes que engañarlos.

–¿Cómo si fuera un espía?

–Eso es.

Burbuja soltó una risita muy propia de él, antes de inclinarse sobre Marimar y besarla. La chica parpadeó, sorprendida, encontrándose con una expresión más propia de Roberto, aquel halo de caradura que, de vez en cuando, sacaba a relucir.

–James Bond besa a las chicas.

Después de eso, Burbuja regresó junto a Alexander y todos los miembros del Proyecto Alejandría desaparecieron. Marimar sólo quería sentarse en uno de esos bancos, llorar amargamente una nueva despedida, pero recordó que la tripulación que se había quedado en el barco estaba encerrada en la bodega. Por eso, haciendo de tripas corazón, le pidió ayuda a la hija de Alexander, que se había quedado junto a ella con aspecto triste, y entre los liberaron a los rehenes.

Entre los tripulantes, lo encontró a él. A ese chico rubio de ojos azules y camisa oscura que se había colado para robar material quirúrgico y que tan amable había sido con Burbuja. Había visto auténtica preocupación, un cariño sincero hacia Burbuja, lo que le convertía en la única persona con la que tenía cierta conexión.

El chico, de hecho, se acercó a ella inmediatamente.

–¿Qué ha pasado? –le preguntó con urgencia–. ¿Qué hacéis vosotras dos solas? ¿Y los demás? –debió de notarlo en su expresión, puesto que se quedó muy quieto, con la mirada turbada–. Marimar, ¿dónde está? ¿Dónde está Burbuja?

–Era o Roberto o los tripulantes y él… Se ha ido… con Alexander…

–¡Mierda!

El chico le asestó una fuerte patada a la pared, seguido de un par de puñetazos, mientras se dedicaba a sí mismo una ristra de insultos y maldiciones. Marimar tuvo que calmarlo, ante la asombrada mirada de los demás tripulantes, por lo que al final el joven se dejó caer en el suelo, enterrando la cabeza entre las manos.

–Le he fallado… Una vez más, no he podido salvarle.

 ~oOo~

 Presente

–Esto es una ridiculez, Ricardo –refunfuñó De la Cuadra con su habitual gesto gruñón que le hizo ver a Marimar que lo había echado mucho de menos, bueno, como a los demás. Salomé, mientras tanto, acudió a su lado para darle un beso en la mejilla–. Además –insistió el hombre, volviéndose hacia Max, fulminándole con la mirada–, ¿por qué deberíamos fiarnos del rubiales? Yo no me creo que tu señora oculte nada, no como él, que no ha dejado de comportarse de una manera extraña.

–Ya he dicho que responderé a vuestras preguntas –dijo Max con decisión–. A estas alturas ya no importan los secretos y no tengo nada ni que ocultar, ni de lo que arrepentirme –miró a la doctora con auténtica furia.

–¿Y por qué deberíamos confiar en tu palabra? –insistió De la Cuadra.

–Hombre, primer oficial, yo creo que el muchacho es de fiar –un joven de pelo castaño, ojos azules y sonrisa franca fue quien habló.

–Mira, Piti, no te digo por dónde puedes meterte tu opinión…

–¡Julián! –exclamó Salomé.

–Tranquila, no iba a decirlo con niños y ancianos delante.

–Max será sincero, tío Julián –repuso Ainhoa con suavidad. Se pasó una mano por el pelo, algo incómoda–. De hecho, Max me contó cosas que no debería. Es de fiar, de verdad –asintió la chica.

Ante las palabras de Ainhoa, el silencio se alzó y todos parecieron presos de sus propias cavilaciones. El día anterior, de camino a la isla, el muchacho se presentó como Max Delgado y, entonces, Marimar fue consciente de que, sin saberlo, lo conocía. Roberto siempre le hablaba de él. No era muy dado a contarle cosas de sus alumnos, incluso cuando lo hacía, se dirigía a ellos de una forma vaga, pero con Max fue diferente. Con Max, por algún motivo, se quedó impresionado y para ella era más que suficiente.

–Max fue alumno de Roberto –soltó, sin pensarlo demasiado–. Le llevó a Ginebra con él, eran amigos. De hecho… Creo que era su hombre de confianza –se volvió hacia el chico, mirándole a los ojos–. Hablaba mucho de ti. Estaba muy orgulloso de ti.

Nadie más añadió nada al respecto y Max pudo contar su historia.

 ~oOo~

 A Burbuja no le gustaba estar en el submarino. Echaba mucho de menos a sus amigos (hablar con Salomé, jugar con Valeria, los chistes de Piti, las sonrisas de Ainhoa y Vilma, las palabras de Julián, las órdenes del capitán…), también añoraba sus tareas en el barco. Eran divertidas y, además, le permitían oler la sal del mar, sentir el viento… Incluso podía llevar su ropa y no aquel traje que tanto le incomodaba.

Además, la comida del submarino no era la de Salomé, ni siquiera la de Julia.

Se rascó el cuello, intentando aflojarse la corbata, mientras volvía a concentrarse en los papeles. Tenía que reescribir todos los papeles que había en la carpeta roja. ¡Todos! Y eran muchos, con muchos números. No le preocupaba el no acordarse de ellos, pues lo hacía y, cuando se ponía a escribir, todo fluía como el agua de un río. Sin embargo, le daba mucho miedo lo que escribía. Esos números eran malos. Por eso, de vez en cuando cambiaba alguna cifra que otra. No podía permitir que esa gente hiciera cosas malas de nuevo, no cuando sus amigos estaban ahí fuera.

Sólo esperaba que Marimar llegara pronto, antes de que lo descubrieran.

–Venga, a comer.

Como siempre, Víctor irrumpió en la habitación y lo sacó a rastras de ella. Burbuja no lo entendía. ¿Por qué lo llevaba a empujones todo el rato? ¿Por qué lo miraba tan mal? ¿Y por qué le hablaba en ese tono? ¿Le habría hecho algo malo? Quizás, cuando era Roberto y no Burbuja se había portado mal con él. ¿Por eso le trataba tan mal Víctor? Quiso preguntar, incluso abrió la boca, pero recordó que era Roberto. Roberto no le preguntaría, no, porque Roberto era discreto y, encima, lo recordaría.

Tengo que ser Roberto. Tengo que ser Roberto. Se lo prometí a Marimar.

 Víctor le arrastró hasta el comedor. No era como el del Estrella. No sólo porque los bancos y las mesas fueran diferentes. Por todo. La gente no se reía, ni había un Piti que le diera parte de su postre, ni un Palomares que le preguntara cómo le había ido el día o una Vilma que le diera un beso en la coronilla. Tampoco estaba Estela charlando con Gamboa, sonriéndole y siendo cariñosa. De hecho, aunque Gamboa estaba ahí, estaba solo, cabizbajo y ni siquiera le saludó.

No le gustaba ese comedor. Quería regresar con los demás.

Aún así, se aguantó y se sentó donde Víctor le ordenó. Fue a comer en silencio, como suponía que haría Roberto, cuando una mujer pelirroja se sentó frente a él. Tenía la piel pálida cubierta de pecas y le miraba como si le fuera a matar. ¿También había sido malo con ella cuando era Roberto?

–Hombre, Roberto –en realidad, la mujer dijo algo como “gobegtó”, lo que le hizo mucha gracia, aunque se obligó a permanecer impasible. Marimar le había dicho que lo hiciera así y él iba a cumplir su promesa–, cuánto tiempo. Comment es-tu?

Bien. Et toi? –no supo ni cómo lo dijo, pero las palabras salieron de sus labios.

Je suis malade et c’est par toi –la mujer le fulminó con la mirada, parecía furiosa con él y Burbuja seguía sin entender nada: ¿por qué estaría enferma gracias a él? ¿Y por qué le encontraba sentido a sus palabras? Si él no hablaba francés… ¿no? Como no sabía qué responder, se quedó callado, mirándola al estilo Roberto. La mujer, a la velocidad de la luz, le agarró de la corbata, tirando de ella–. ¿Sabes qué? No me creo tu truquito. Creo que mentiste para salvar a esos idiotas del Estrella Polar. Creo que no eres más que un tonto que no sabe nada y, si es así, aquí sobras –se quedó callado, siendo Roberto todavía, aunque tenía mucho miedo–. Demuestra que eres tú, Roberto. Dime quién soy. Quel est mon nom? ¿Cómo me llamo?