Hasta el final del mundo » 04. Capítulo 4

Capítulo 4

Julia lleva dos meses embarazada, y de momento ha tenido pocos problemas, excepto que todas las mañanas se levanta con los tobillos hinchados y con náuseas.

En estos dos meses, Ricardo ha estado apoyándola en todo y la ha cuidado mucho, y dice que va a seguir haciéndolo hasta el fin de sus días.

Julia continúa ayudando a Ainhoa a superar el trauma y la depresión que le generó la muerte de su novio Ulises a manos de Gamboa. Aunque la terapia le está ayudando mucho, Ainhoa está todavía muy triste.

Una bonita mañana de marzo, la doctora despierta en la cama de su camarote debido a la exagerada cantidad de luz solar que entra por la ventana. Después de ducharse va a desayunar a la cocina, donde se encuentra a Salomé.

–Hombre, mira quien aparece por aquí… Dichosos los ojos, Julia.

-Si vengo todos los días, Salo -dice la doctora, riendo.

-Ya, es una broma, hombre -dice la cocinera, dándole un beso en la mejilla a su amiga-. Mira, te he preparado un desayuno especial: revuelto de  huevos, fresas y zumo de naranja.

-¡Hala! -dice Julia, mirando la bandeja del desayuno-. Muchas gracias, Salo, de verdad.

La doctora empieza a comer, y al cabo de un rato aparece Ricardo, con su hija Valeria de la mano.

-Hola, chicas.

-Hola, cariño. Hola, princesita -dice Julia, mirando a Ricardo y después a Valeria y sonriendo.

Ricardo y Julia se dan un pequeño beso, bajo la mirada de Valeria y Salomé, que están muy contentas de verles tan felices.

-Bueno, chicos, yo me tengo que ir a ayudar a Ainhoa con lo de Ulises y después a investigar sobre la ciudad de la isla, que dice Palomares que hay algo raro en la casa de una mujer.

-Vale, pues luego te veo -dice Ricardo, y le da otro beso a su mujer.

La doctora va rápidamente a la isla.

-¿Qué pasa, Palomares? ¿Dónde está la deficiencia?

Van a la casa de una de las mujeres más mayores de la isla, que tiene cien años y tiene cinco hijos y tres gatos. Allí, Palomares le enseña a Julia que una de las maderas del suelo de la casa está suelta, y hay una funda con documentos del ECND. La doctora los deposita sobre una mesa, y lee: los jefes del Proyecto Alejandría tenían planeado  lo del secuestro de Burbuja y Julián desde antes de que sucediera el accidente, porque Roberto les había vendido, y querían que les diera el antídoto para poder respirar, pero los rehenes se escaparon por su propio pie y los del proyecto decidieron intentar conseguir el antídoto de otra manera: arrinconando a la tripulación en la casa y disparándoles para que cedieran y les devolvieran la carpeta roja.

-¡O sea que lo del secuestro no fue por la caja negra, fue porque los náufragos llegaron al barco para intentar recuperar la carpeta! -dice Julia, analizando lo que acaba de leer.

-Claro, los del proyecto vieron que no eran capaces de recuperarla por sí mismos y por ello enviaron a los náufragos -dice Palomares

-Sí. Y lo de Leonor con Ricardo sería para que él se confiara y le dejara entrar en nuestro camarote a inspeccionarlo. Le pidió la caja negra para ver si en ella encontraba alguna pista, pero como vieron que habíamos borrado la información decidieron esperar un poco para que encontráramos la tierra y así amenazarnos y pedirnos la carpeta de una manera más eficiente.

La doctora y Palomares siguen buscando entre los documentos de la funda y encuentran un mapa de la isla. Hay un punto señalado. Ambos se miran sorprendidos. Seguro que en ese punto hay algo. Hay que ir a investigar.

Palomares y Julia van de vuelta al barco, a contarles a toda la tripulación el hallazgo. Cuando estos escuchan lo que han encontrado, se quedan perplejos. No pueden creerse lo que han oído. ¿Cómo sabían los del Proyecto Alejandría que la carpeta estaba en el barco?¿Por qué hicieron pensar a la tripulación que venían a por la caja negra del avión que se estrelló en el mar?¿Quiénes eran esos náufragos?

La científica decide no contarles nada del mapa y hablarlo con Ricardo y De la Cuadra, ya que podría causar revuelo. Cuando acaba la reunión, Julia va a hablar con su marido.

-Ricardo, necesito hablar contigo.

-Claro. Dime, cariño.

-Pero en privado. ¿Podemos ir al puente de mando?

-Sí. Por supuesto. Vamos.

-Espera, que avise a Julián, que también debe enterarse de esto.

-Julián, ¿podrías venir un momento al puente de mando?. Necesito contaros algo a Ricardo y a ti.

-Sí. Enseguida voy. Un momento, por favor.

-Bueno, pero no tardes mucho.

-No, tranquila.

Al cabo de diez minutos, el primer oficial llega al puente de mando, donde están Julia y Ricardo, hablando.

-Decidme.

-Palomares y yo hemos encontrado un mapa de la isla con un lugar marcado y creemos que ahí puede haber algo -le explica Julia al primer oficial.

-¡¿Qué?! -dice Julián, sorprendido.

-A ver, lo que queremos decir es que necesitamos que organices expediciones por grupos para ir a la zona e investigar.

-Vale. ¿Y a partir de cuándo?

-Pues cuanto antes mejor -dice Ricardo.

-Por cierto, que no se entere el resto de la tripulación. Podrían hacer escándalo.

-Entendido. Bueno, pues nada, me voy a prepararlo todo.

Cuando el primer oficial se marcha, el capitán abraza a su mujer por detrás y le dice al oído:

-Te quiero, princesa.

Ella se gira y le dice, también al oído:

-Y yo a ti, cariño.

-Por cierto, esta noche tengo una sorpresa para ti -dice él.

-¿Ah, sí?¡Qué bien!

-Sí. Estoy seguro de que te va a encantar.

La pareja se besa. Los dedos del capitán se enroscan en el fino pelo de su amada y las manos de ella rodean sus hombros.

Cuando se separan, el capitán se va a preparar la sorpresa y la doctora a buscar a Palomares para ver si ha encontrado algo nuevo, y por el camino se encuentra a Valeria.

-Hola, Julia -dice la niña, sonriendo.

-Hola, princesita -le dice Julia, después de darle un beso.

-¿Podemos jugar a algo? Es que Ratón está con Max en la isla, y Ainhoa está en el camarote.

-Claro, pequeña. ¿A qué quieres jugar?

-Al parchís.

-Vale. Vamos.

Las dos se sientan en uno de los bancos de una de las mesas del comedor. La niña saca el parchís, y le dice a Julia:

-¿Qué color quieres?

-Mmmm… El verde -dice Julia, sonriendo, mientras piensa.

-Vale. Pues yo el rojo.

Las dos chicas se divierten mucho mientras juegan. Al final, Valeria gana la partida.

-¡Bieeeen! -grita la niña-. ¡He ganado!

-¡Claro que sí! -dice la doctora, cogiéndola en brazos-. Es que eres la niña más lista del mundo.

Julia comienza a hacerle cosquillas a la niña, y ella se ríe a carcajadas. Valeria le da un beso a la mujer y le dice algo que le sorprende mucho:

-Te quiero mucho, mamá.

La doctora se sobresalta al oír estas palabras.

-¡¿Me has llamado mamá?! -dice, sonriendo ampliamente.

-Me ha salido solo. Lo siento -dice Valeria, un poco avergonzada.

-¡Qué va! Si me encanta, Valeria -exclama Julia, riendo-. ¡Me has llamado mamá! -grita, emocionada-. ¿Quieres que juguemos otra vez, pequeña?

-¡Vale! -dice la niña, muy feliz.

La segunda vez gana Julia, y Valeria se pone muy contenta. En ese momento, Ratón llega porque ha vuelto de la isla.

-Val, ¿nos vamos a jugar a algo?

-Es que estaba aquí jugando con Julia.

La cara de la doctora cambia, y su sonrisa desparece. Le ha encantado que Valeria la llamara mamá, pero, no sabe por qué, cree que sólo ha sido un acto reflejo. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que no ha sido así.

–¿Por qué no te quedas y juegas con nosotras? -le pregunta Valeria a su amigo.

-Bueno, vale -dice éste, sentándose en el banquito que hay enfrente de las chicas.

Se pasan toda la mañana jugando al parchís, a las cartas, al escondite…, y, media hora antes de comer aparece Ricardo.

-Hola. ¿Qué hacéis, chicos? -pregunta el capitán.

-Hola, papi. Estábamos jugando al escondite. Nos lo hemos pasado genial -le dice la pequeña Valeria.

-Ricardo, necesito hablar contigo -dice Julia, muy sonriente.

Ambos se van cogidos de la mano hasta la cocina, y entonces, Valeria y Ratón se van a jugar a otra parte pensando que la parejita querrá estar sola.

-Dime, cariño.

-Antes, Valeria me ha llamado mamá -dice Julia, susurrando y sonriendo ampliamente.

-¡¿En serio?! -dice él, riendo y abrazando a su chica mientras la eleva por el aire con delicadeza.

-Sí. Me ha hecho mucha ilusión, pero ella dice que lo ha hecho sin querer y yo lo comparto -afirma la científica, cambiando la cara por una expresión de tristeza.

-Cariño, tranquila, seguro que te lo vuelve a llamar. Estás llenando el hueco que dejó Marisa en su corazón -dice el capitán, dándole un beso en la mejilla a su mujer.

-Ricardo, como ya te dije una vez, no quiero convertirme en la sombra de Marisa, no quiero sustituir el recuerdo que Ainhoa y Valeria tienen de ella en sus corazones -dice ella, seria.

-Julia, te voy a repetir algo que yo también te dije un día: no quiero que sustituyas su recuerdo, quiero que tengas el tuyo propio, y eso es lo que está pasando. Estás empezando a ocupar un hueco en su corazón -le dice él, cogiéndola de la cintura y atrayéndola hacia sí. Después la besa.

-Cariño, ¿te vienes conmigo al camarote, que tengo que hablar con Ainhoa? -dice Ricardo

-Por supuesto que sí, que me apetece verla. Lleva toda la mañana sin salir. No me gusta que esté así, todo el día triste, sola, sin hablar con nadie.

-A mí tampoco me gusta -dice el capitán.

La pareja se dirige, cogidos de la mano, al camarote de Ainhoa, Vilma y Estela. Allí se encuentran en la puerta a Piti, que también ha ido a ver a su amiga.

-Hola, Piti -dice la científica.

-Buenas, parejita -dice él, con esa sonrisa tan bonita que tiene-. No os preocupéis, que ya me voy.

-¿Pero ya has hablado con Ainhoa? -pregunta la doctora.

-No, todavía no. Iba ahora. Pero como habéis llegado vosotros, debéis pasar primero. Eres su padre, y tú su madrastra -dice Piti, mirando al capitán y después a Julia.

-No, Piti. Tú eres su amigo. Seguro que se alegra mucho de verte -le dice Ricardo al alumno.

-No, por favor. Yo me voy. Luego vuelvo, que ahora he quedado con Ramiro y Palomares para investigar sobre la ciudad. Hemos descubierto que hay un pequeño supermercado y una peluquería.

-¡Qué bien! -exclama la científica

-La verdad es que sí -dice el alumno-. Bueno, me voy. Adiós, parejita.

-Hasta luego, Piti. Que vaya bien -dice Julia.

-Adiós -dice Piti, mientras se aleja.

El matrimonio pasa al camarote, después de que Ainhoa les de permiso para entrar.

-Hola, papá. Hola, Julia -dice Ainhoa, abrazando primero a su padre y después a la doctora.

-Hola, hija -le dice el capitán, devolviéndole el abrazo.

-Hola, Ainhoa. ¿Cómo estás? -le pregunta Julia.

-Bueno. Ayer estuve toda la noche oyendo canciones tristes, y me di cuenta de que si Ulises no me contó lo de él y Dulce era para no hacerme daño, y porque además sucedió cuando aún no estábamos juntos. No me tendría que haber puesto así con él, pero es que me sentía muy dolida e impotente por la mentira. Le hice daño y ahora me arrepiento de todo lo que le dije.

-Ainhoa, pero ya no puedes hacer nada. Como decía Queen: Show must go on. La vida continúa. Tienes que pasar página.

-Sí, hija, tienes que encontrar otro novio que te llene el vacío que te dejó Ulises.

En ese momento, Max entra en el camarote.

-Hola- saluda, amablemente.

-Hola -responde Ainhoa, sin mirarle.

-Buenos días, Max -le dice el capitán, aunque algo distante-. Bueno, nosotros nos vamos para que podáis hablar en privado.

Ricardo coge a su mujer de la mano y, después de despedirse, salen del camarote. Los dos jóvenes se quedan solos.

-¿Qué tal estás, Ainhoa?- le pregunta al chico, acercándose a la cama donde reposa la hija del capitán.

-Bien. ¿Por qué iba a estar mal? Estoy enamorada de un chico desde hace tres años. Un chico que está muerto. ¿Y sabes por qué está muerto? Porque un profesor de supervivencia, un cabrón sin sentimientos, tenía la orden de matarle. ¿Y quién le dio esa orden?… Tú. Su jefe. El jefe de Gamboa -dice Ainhoa, incorporándose en la cama y apoyándose sobre la almohada

-Lo siento, Ainhoa, de verdad. Siento haber jodido tu relación con Ulises poniendo esa foto de él y Dulce debajo de tu almohada. Siento haber hecho que mataran a tu novio, pero no me caía bien. Era el chico que estaba contigo, con la chica de la que me enamoré nada más verla.

-¡¿Y qué?! -grita la chica-. Me da igual. Max, eres un gilipollas que hizo que mataran al novio de la chica de la que estaba “enamorado” sólo para tener vía libre. Es lo más rastrero, miserable y retorcido que he visto nunca hacer a una persona.

-Lo siento, Ainhoa. Siento haberlo fastidiado todo por la codicia de intentar conquistar a la chica más maravillosa del mundo. Pero de verdad que yo no soy así. Quiero estar contigo. Te quiero -explica el chico.

-¿Qué no eres así? Espero que eso no lo estés diciendo en serio, Max. Jamás te voy a perdonar lo que le hiciste a Ulises, y mucho menos lo voy a olvidar. Eres un hijo de puta y espero que pronto pagues por todo. Nunca estaría con una persona como tú.

Las lágrimas se precipitan desde los ojos del chico, que después de dos años y medio detrás de esa chica de la que tan enamorado está, ha vuelto a sufrir su rechazo. Pero la comprende. Comprende que le haya dicho todo eso, que se haya puesto así. Lo que hizo no tiene perdón y sabe que, desde entonces, ha perdido a Ainhoa para siempre. Se arrepiente cada día de aquello, pero ya no hay vuelta atrás. El daño ya está hecho.

-Max, vete, por favor -le ruega la chica, tumbándose de nuevo sobre la cama de espaldas a él.

El chico obedece, pero antes de que salga por la puerta, Ainhoa le dice:

-Por cierto, no vuelvas a dirigirme la palabra nunca más. Olvídate de que existo.

-Está bien. Adiós, Ainhoa.

La chica no dice nada. Está muy triste, más de lo que ha estado nunca. Ese no es su estilo. Ella no suele hacer ni decir esas cosas que le ha dicho a Max, pero no quiere volver a verle. Es un chico que la traicionó, que le hizo pensar que valía la pena para luego matar al chico al que ella amaba.

Ainhoa se levanta de la cama, coge su iPod y pone la canción que más le recuerda a él, a Ulises. Esa canción es My heart will go on, de la película Titanic. Las lágrimas resbalan por sus mejillas sin cesar. Piensa en él, en todas las cosas que no pudieron hacer juntos, en todos los besos que no se dieron, en lo que no se pudieron decir y que jamás podrá decirle, porque ya no está. No está junto a ella. No puede notar el roce de su piel, el calor de sus labios, la sensualidad de su voz, la magia de su sonrisa. Nunca podrá volver a sentir esa sensación tan maravillosa que le producía ver su silueta lo primero al despertar, ni sentir que se detenía el mundo cuando se daban un beso… Los recuerdos siguen llegando a su mente y ella no puede parar de llorar.

Alguien llama a la puerta de su habitación.

Después de que Ainhoa consienta su entrada, Valeria recorre el camarote y se sienta en la cama junto a su hermana, a la que tanto quiere desde siempre. Las dos se abrazan durante largo rato, hasta que la pequeña rompe el hielo.

-Sigues mal por lo de Ulises, ¿verdad?

-Sí, Val. No quiero olvidarme nunca de él. Es el chico que más he querido en mi vida. Mucho más que a cualquiera de mis anteriores novios.

-Lo sé, Ainhoa, pero debes hacer un esfuerzo por seguir adelante. Refugiarte en tus amigos, en papá, en Julia, en mí, en todas las personas que te queremos. Vamos a estar siempre contigo, apoyándote y ayudándote en todo lo que necesites.

Ainhoa mira a su hermana. Por primera vez en mucho tiempo se da cuenta de lo que ha crecido desde que subieron al barco hace tres años. Recuerda a esa niña inocente que se sentaba con su padre a hacer sumas y a pintar en los mapas de navegación, y con la que se podía jugar a ganar puntos en las situaciones tensas para hacerlas más llevaderas. Pero ahora ha cambiado. Ya no se le puede engañar con cualquier cosa y se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor. Hace  unas pocas semanas cumplió nueve años. Ainhoa casi no se ha percatado, pero Valeria está creciendo mucho más rápido de lo que ella lo hizo en su momento.

El pelo le llega ya casi por la cintura y se le ha aclarado mucho, es más rubia que cuando empezaron el viaje; sigue teniendo esos ojos azules tan bonitos que la caracterizan, pero con un matiz que denota que se está haciendo mayor; ha crecido bastante, ya le llega a su hermana a la altura del pecho; y sobre todo, lo que más le ha cambiado ha sido la voz, que se ha vuelto algo más aguda que antes.

Ainhoa piensa que tiene suerte de tener una hermana como ella, y que si no fuera por Valeria, Ricardo y Julia, ella ya se habría derrumbado hace mucho tiempo y, probablemente, ahora no estaría allí, junto a todos ellos. Pero, gracias a toda su ayuda, puede seguir luchando cada día; olvidarse de su dolor durante algunos momentos y, sobre todo, disfrutar del precioso paisaje que tienen a su alrededor. Su familia es lo mejor de su vida, y a ellos les debe todo. A ellos y a Ulises, al que no se saca de la cabeza en ningún momento y al que, si le está viendo desde donde quiera que esté, necesita agradecerle todo lo que hizo por ella y decirle cuanto lo amó, lo ama y lo amará.

Lo que Ainhoa no sabe es que pronto contará con una ayuda que ahora no valora demasiado pero que va ser muy importante para ella.