Zona El Barco

El Barco y San Valentín


Bajo mi punto de vista, la serie El Barco va más allá de una trama de acción, dentro de la fantasía que la compone y de una vigorosa trama sobre el fin del mundo y sus consecuencias para la humanidad; la serie nos ha envuelto en un espiral de sentimientos afectivos que van desde la amistad, la solidaridad, la unión y el amor.

El Barco y San Valentín

Igualmente la serie abre la caja de Pandora, dejando salir las pasiones más enconadas, el odio, la ambición, el deseo de poder y por supuesto nuevamente el amor. Y es precisamente de este del que voy a hablar hoy, por ser la fecha que es.

A lo largo de la serie, se han visto diversos encuentros y desencuentros de índole amoroso, sin embargo hemos llegado a un punto donde varias parejas destacan ya por sus tramas románticas además de su contexto en la trama principal.

Algunas otras están aún en proceso de formarse, pero han bastado algunas pinceladas en el guión donde se esbozan esas posibles relaciones, para que los telespectadores se imaginen ya, los derroteros por los que pueden caminar esos argumentos paralelos.

Se espera con el mismo interés, el saber si los tripulantes van a encontrar o no tierra, como también si Ricardo y Julia seguirán avanzando en su relación amorosa. Provoca tanto interés el saber dónde están Ulises y Ainhoa, como el saber si se han reconciliado y hasta dónde el tan cacareado secreto que Ulises guarda de su pasado, puede afectar su relación personal con la hija mayor del capitán Montero.

Nos llena de la misma curiosidad el enterarnos de si Burbuja es finalmente bueno o no, como adentrarnos en el corazón de Vilma y descubrir si se decidirá por Palomares o por Piti.

Hay muchas parejas en este barco, hay muchas posibilidades abiertas aún de cómo pueden quedar asociadas las vidas de los tripulantes, unidas por el sentimiento más dulce y más amargo que la vida nos ha regalado. El Amor.

Y es que Cupido ha tirado flechas a mansalva en este navío y creo que aún se guarda alguna para utilizar posteriormente y sorprendernos.

La pregunta es ¿cómo te imaginas tú, telespectador del Barco, incansable fan y seguidor de las tramas románticas que se entretejen entre babor y estribor; que podría ser un día de San Valentín en El Estrella Polar?

Yo, creo que podría ser algo así:

Cupido y sus travesuras

Valeria miró con atención la cajita de piel negra que se encontraba encima de la mesilla de noche de su padre. Era cuadrada, más bien pequeña, iba a cogerla cuando sintió que la puerta del camarote se abría, de un salto se subió encima de la cama para disimular.

– Valeria ¿qué haces? – Le preguntó Ainhoa, su hermana mayor mientras le sonreía.

– ¡Ah! ¡Eres tú! – exclamó mirándola con una juguetona sonrisa. – Menos mal, creí que era papá.

– ¿Y qué pasa si hubiera sido él? – inquirió Ainhoa con curiosidad mientras se acercaba a la cama y abrazaba a su hermana.

– Nada, es que he encontrado una cajita y quería saber lo que tenía – aclaró la niña.

– ¿Una cajita? – preguntó Ainhoa interesada.

– Sí, mira – le dijo Valeria señalándole el estuche negro.

Ainhoa centró su atención en lo que su hermana le señalaba y arqueó una ceja, era un estuche de joyería, el mismo que días antes su padre le había pedido a ella cuando le preguntó si entre sus cosas guardaba alguna caja donde pudiera guardar un objeto pequeño de valor. Aquella mañana su padre le explicó que quería guardar algo y que necesitaba uno. La joven había rebuscado entre sus cosas y finalmente encontró aquél.

Pero ahora Ainhoa sentía verdadera curiosidad por saber que había guardado su padre, y por qué lo tenía tan a la vista si era algo de valor. De pronto una luz se hizo en su pensamiento, tomó la cajita entre sus manos y pasó suavemente su dedo índice por el aterciopelado estuche. Era día de los enamorados, ¿y si su padre se había decidido por fin a pedirle a Julia que?… ¡Oh Dios! Pensó la joven emocionada, seguramente era eso; después de mucho insistirle a su padre que debía aprovechar para rehacer su vida y materializar el amor que sentía por la doctora Wilson, este seguramente se había decidido. Estaba a punto de abrir la cajita cuando la voz de su padre sonó detrás de ella. La joven se sobresaltó y solo alcanzó a ver la cara de susto de su hermana Valeria.

Habían estado tan ensimismadas tratando de adivinar el contenido del estuche que no se percataron de que el capitán había entrado. Ainhoa escondió su mano tras la espalda antes de que su padre viera la cajita.

– ¿No vais a desayunar hoy? – preguntó Ricardo dando un beso a cada una de sus hijas, Ainhoa aprovechó el momento en el que su padre se acercó a Valeria para colocar rápidamente la caja donde la había encontrado.

– Claro – carraspeó Ainhoa mirando a Valeria con nerviosismo – Ya vamos, justo ahora. La joven cogió a su hermana de la mano y ambas salieron apresuradamente del camarote dejando a Ricardo con el ceño fruncido.

Ricardo, miró hacia su mesilla de noche y cogió el estuche. Sonrió imaginando la cara que Julia pondría aquella noche, el hombre sentía un poco de inquietud porque no sabía con exactitud la reacción de la doctora, pero estaba decidido. El capitán guardó la cajita en la caja fuerte que tenía en su camarote y salió para desayunar.

Piti se encontraba en la cocina preparando algunas cosas, había decidido llevarle una sorpresa a Vilma ese día y decidió prepararle el desayuno. En eso estaba cuando Sol irrumpió en la estancia, la joven se sirvió un vaso de leche mientras miraba a Piti.

– ¿Qué haces? – preguntó mirando como el joven ponía crema a unas fresas. Sol observó la bandeja que Piti estaba preparando. Pan tostado con mermelada, zumo de naranja, unos huevos fritos y ensalada de fruta y café. – ¿Todo eso para ti solito? – Sol abrió los ojos desmesuradamente – ¡Pues no comes nada tú! – exclamó sorprendida.

– No es para mí – respondió Piti con su característica sonrisa, el corazón de Sol dio un vuelco. Le fascinaba la sonrisa del joven, aunque trataba de disimularlo, Sol se había enamorado de Piti.

– Ya – murmuró ella, sabía lo que Piti iba a decir, la joven miró a Piti con un brillo de tristeza en los ojos.

– Es para Vilma – dijo él con emoción en la voz – quiero sorprenderla. Piti notó el repentino silencio de Sol y de manera traviesa untó su dedo índice en crema y se la impregnó a la joven en la cara. Sol reaccionó con dureza.

– ¿Pero qué haces? – la joven frotaba su cara para quitarse la crema ante las carcajadas de Piti. Él, le puso más crema y Sol terminó contagiándose de las risas del joven.

– ¡Oye! Pero si también sabes sonreír – le dijo – y tienes una sonrisa preciosa-el rostro de Sol se encendió de grana.

– Sí, a veces – respondió ella un poco turbada ante el inesperado piropo de Piti.

– Deberías hacerlo más a menudo – dijo él mirándola embobado, realmente Sol era una chica preciosa y se divertía mucho con ella, era espontanea y muy ocurrente. Piti acercó su mano al rostro de ella para quitarle los restos de crema que aún le quedaban. – Tienes una sonrisa muy dulce – añadió el joven.

– Anda ya – dijo ella – Nada de dulce- él sonrió y se acercó a ella, bajó sus labios a la mejilla derecha de la joven, justo donde antes había estado la crema. Suavemente le dio un beso, el corazón de Sol comenzó a latir más de prisa.

– ¿Lo ves? – Susurró él – muy dulce. Después se separó de ella y cogió la charola con el desayuno de Vilma. Piti se detuvo un momento junto a la puerta para mirar de nuevo a Sol. El joven entrecerró los ojos, le había gustado el contacto con la joven.

– ¿Y al final supiste lo que había en la cajita? – preguntó Valeria a su hermana.

– No, pero creo que ya se lo que es – le dijo Ainhoa con emoción.

– ¿De qué habláis? – curioseó Salomé que se topó con ellas.

– Creo que mi padre le va a pedir a Julia que se casen – dijo la hija mayor del capitán y procedió a relatarle lo que había pasado.

– ¡Qué buena noticia! – exclamó la cocinera feliz

– Sshh, no digas nada, o mi padre nos mata – le dijo Ainhoa – Nos vamos a desayunar que es tarde. Ambas hermanas se fueron dejando a Salomé con una enorme sonrisa pintada en el rostro.

– ¿Y a ti qué te pasa? – Le preguntó Julián caminando hacia ella – ¿Tanta alegría te provoca haber roto conmigo? – añadió con un dejo de tristeza.

Salomé lo miró, a pesar de haberse enfadado con él cuando descubrió que le había ocultado lo de su enfermedad, ella no podía dejar de pensar en él. Lo quería, y eso no iba a cambiar. En más de una ocasión había estado tentada a correr a sus brazos y perdonarlo, después de todo se encontraban perdidos en un inmenso océano y con un futuro por demás incierto.

– No, es que me acabo de enterar de una cosa que me ha dado mucha alegría – sonrió Salomé.

– ¿De qué? – preguntó Julián.

– Es un secreto – dijo la cocinera pensativa – pero bueno, tú eres su mejor amigo, así que no creo que a Ricardo le importe, si él te dice algo, te haces el sorprendido y ya está. – Salomé se acercó a Julián y le susurró unas palabras al oído.

– ¡Ay Copón! – Exclamó De La Cuadra – ¿casarse? ¿Se ha vuelto loco? – Preguntó con sorna. Salomé lo miró con enfado.

– No he debido decirte nada – le reclamó ella molesta.

– Tranquila mujer, solo me ha sorprendido – Julián intentó calmar el enojo de Salomé – Ricardo es más bien tímido y que de pronto se lance sin paracaídas, me ha dejado a cuadros – explicó. El hombre sonrió, acababa de dase cuenta de algo muy importante. – Nos vemos – se despidió de la cocinera que solo lo miró alejarse, sus ojos estaban húmedos mientras Julián se iba silbando una alegre melodía.

El Barco y San Valentín

– ¿Qué tienes cariño, que se te ve tan contenta? – preguntó Ulises a su novia cuando esta se sentó junto a él en la mesa. La joven le contó lo sucedido.

– Pero no digas nada, es un secreto – le pidió ella.

– ¿Secreto? – Rio él divertido – lo has dicho tan fuerte y con tanta emoción que se ha enterado medio barco – Ainhoa se giró hacia las otras mesas y se dio cuenta del enorme silencio que había en el comedor. Se ruborizó ligeramente cuando notó que había sido demasiado indiscreta.

– No digáis nada, por favor, no quiero que mi padre se mosquee conmigo – su mirada era suplicante. Sus compañeros se limitaron, algunos a asentir con la cabeza y otros nada más a sonreír. Ainhoa se sintió más tranquila. Sin embargo la noticia se extendió como pólvora por todo el barco.

– ¿Se puede pasar? – Preguntó Piti entrando en el camarote donde se encontraba recostada Vilma – la joven lo miró asintiendo y arqueó una ceja cuando le vio con la bandeja llena de comida.

– Claro pero, ¿qué es todo eso? – inquirió con voz interesada. Piti colocó la bandeja frente a la joven.

– Vuestro desayuno, tuyo y del kiwi – respondió orgulloso. Vilma rió por la alusión.

– Por la cantidad de comida que has traído, tú debes pensar que voy a tener toda una plantación de kiwis – comentó la joven conmovida por el detalle. Piti era así, a pesar de que habían roto su relación, en ningún momento dejó de preocuparse por ella y por el bebé. Vilma sabía que lo había lastimado y lo lamentaba profundamente, pero su corazón estaba sumergido en un profundo mar de confusión que no conseguía aclarar.

Piti se sentó junto a ella y comenzaron a charlar animadamente mientras ella comía. Durante largo rato rieron y hablaron sin crispaciones, sin resentimientos. Vilma le ofreció un trozo de fruta y Piti abrió la boca, ella metió el pedazo en su boca y Piti se lo comió. En un gesto instintivo, Piti se acercó a ella, sus labios habían quedado muy juntos en un momento determinado de la charla y el joven solo tuvo que estirarse unos centímetros para que sus labios y los de ella se unieran.

Fue un beso que ninguno buscó pero que por alguna razón ambos necesitaban. Vilma correspondió la caricia dejando escapar un ligero suspiro.

El Barco y San Valentín

– Es que de verdad que estoy harta Ainhoa – dijo Estela en tono quejumbroso – ¿es tan malo lo que pido? – Añadió – solo quiero que alguien me tome en serio.

– No – replicó Ainhoa – lo que quieres es que alguien te quiera de verdad – le dijo la chica – y no, no es malo, es muy normal.

– Y entonces ¿por qué no puedo tener una relación normal como tú con Ulises? – seguía quejándose Estela.

– No sé, pero desde luego con Gamboa no la vas a tener – le dijo la hija del capitán – Quizá no has buscado en el sitio adecuado – añadió cuando vio que Ramiro pasaba a un lado de ellas.

Estela siguió la mirada de su amiga con su propia mirada y alcanzó a ver a Ramiro.

– ¿Tú crees? – Estela sonrió pensativa – no, no creo que sea por ahí, nunca me ha dicho nada. – agregó desechando la idea de Ainhoa de su mente.

– ¿Por qué no te animas a decirle algo? – preguntó Palomares a Ramiro al darse cuenta de las miradas que le dirigía a Estela.

– ¿Igual que tú con Vilma? – le refutó Ramiro. Palomares se puso serio. – Es la verdad – insistió Ramiro – no me mires así, has dejado de ser cura, no sé qué estás esperando.

– Es distinto – comentó Palomares – Vilma no sabe lo que quiere.

– Pues deberías ayudarla a averiguarlo – le respondió su amigo, marchándose por el pasillo.

Andrés se quedó pensativo, tal vez Ramiro tenía razón, el joven ex cura tenía perfectamente claro lo que quería, se había vuelto a poner los hábitos después de Reyes, pero enseguida se dio cuenta de que el camino que Dios había escogido para él ya no era ese. Decidió por tanto dejar definitivamente su condición de cura, fuese con Vilma o sin ella.

Pero Ramiro tenía razón, desde la última conversación en cubierta, cuando el bebé de Vilma se había movido, él no había vuelto a hablarle a ella de sus sentimientos, ni habían tenido ninguna conversación sobre el tema.

Ricardo llegó al comedor y se sentó en la mesa que habitualmente ocupaba, aún iba pensando en lo que haría esa noche, cuando sintió las miradas de los alumnos del Estrella Polar sobre él. Una serie de murmullos se escuchaban como trasfondo.

El capitán comenzó a ponerse un poco incómodo porque se sentía demasiado observado.

– ¿Pasa algo? – le preguntó a Ainhoa.

– No, ¿por qué preguntas? – respondió la joven dándose cuenta de que sus compañeros no disimulaban nada.

– Algo le sucede a los chicos – comentó el capitán al oído de su hija – me miran y murmullan entre ellos y se ríen.

– Lo que pasa es que hoy estás más guapetón que de costumbre – le dijo ella.

– Sí claro – se rió Ricardo – y yo voy y me lo creo.

Julia caminaba apresuradamente rumbo por el pasillo, se le había hecho algo tarde para desayunar, en su camino se encontró a Julián que iba silbando.

– Le veo muy contento – le dijo Julia cuando ambos se cruzaron.

– Más contenta debe estar usted doctora – le respondió Julián guiñándole repetidamente un ojo. Julia frunció el ceño.

– ¿Yo? – Inquirió confundida – No especialmente, lo normal.

– Pues eso no está bien, debería ser un día especial – refunfuñó Julián. – Me alegro por usted y por Ricardo, ya era hora – Julia clavó sus pupilas en Julián De La Cuadra sin entender a qué se refería. Pero Julián siguió su camino sin más explicaciones.

Piti retiró sus labios de los de Vilma, la miró largamente y observó su reacción, la cara de Vilma estaba algo enrojecida.

– Lo siento, no debí – le dijo a ella con tono azorado.

– No te preocupes, yo también contribuí. – contestó ella.

– Será mejor que me vaya – Piti la miró nuevamente y se levantó del borde de la cama para irse.

Vilma se quedó sola en su camarote, las ideas daban vueltas una y otra vez en su cabeza. No sabía qué hacer, tenía a su lado dos hombres maravillosos que la adoraban y no sabía qué hacer.

Eran como dos mitades que se unían en uno solo, ambos chicos se complementaban, lo que tenía uno, le faltaba al otro, y juntos eran el hombre ideal. ¿Se podía amar a dos hombres al mismo tiempo? La pregunta le martillaba seguidamente la cabeza.

– Por fin te encuentro – le dijo Salomé a Julia cuando la vio a punto de entrar en el comedor – ven tenemos que hablar – la cogió por un brazo y se la llevó hacia su camarote.

– Pero me muero de hambre Salo – protestó Julia escuchando como gruñía su estómago. Salomé la miró y entonces cambió de rumbo y se encaminó hacia la cocina.

Una vez allí la cocinera le preparó a Julia algo de comer y mientras la doctora, disfrutaba de lo que Salomé le había preparado, la ex novia de Julián le comenzó a hablar.

– ¿Ya has pensado que te vas a poner? – le preguntó Salomé a Julia.

– ¿Ponerme cuándo? – preguntó Julia tragando un bocado y llevándose la taza de café a los labios.

– Esta noche, cuando Ricardo te pida que te cases con él – explicó Salomé. Julia resopló hacia fuera el trago de café que había tomado y miró atónita a Salomé.

– Pero ¿qué dices? – la interrogó sin entender nada.

– Bueno, sé de muy buena fuente que esta noche Ricardo te pedirá matrimonio- Le dijo Salomé ante la estupefacción de la doctora. – Así que debes estar preparada.

– Pero si ni siquiera hemos quedado par cenar – continuó Julia.

– Pues seguro que te lo pide – terqueó Salomé – Ainhoa lo dijo bien claro hace rato.

– ¿Qué dijo? – preguntó Julia con evidente curiosidad.

– Qué Ricardo iba a proponerte que te casaras con él. – Salomé observó a su amiga mientras le contaba su charla con Ainhoa. – Nada, Cupido por fin ha atinado en su corazón – sonrió Salomé una vez que terminó de relatarle lo que sabía. Julia la miró con expresión dubitativa.

Todo en el barco era ebullición, los tripulantes estaban al tanto de que Ricardo le pediría a Julia matrimonio, Ricardo le había mandado una nota a Julia pidiéndole que cenara con él en su camarote.

– Será verdad entonces lo que me dijo Salomé – pensó para sí misma emocionada cuando recibió la nota de manos de Ulises, que la miraba risueño.

– ¡Qué lindo tu padre organizando una cena romántica para Julia! – exclamó Estela.

Pero Ainhoa se alejó de su amiga cuando vio que Ramiro se les acercaba, ya pasaba de las cuatro de la tarde, ella había tenido una breve charla con Ramiro y le dio algunos consejillos.

En el Estrella Polar, todos se habían dado cuenta de lo que Ramiro sentía hacia Estela, todos menos ella.

– Hola – saludó Ramiro con aire tímido, Estela le sonrió. – Me preguntaba si tú… – empezó animado por la sonrisa de la joven – si tú… – el joven no terminaba de decidirse y se puso colorado.

– ¿Si yo quería salir contigo? – Completó Estela ampliando la sonrisa – sí, sí quiero – le dijo ella.

– Bueno, ya me suponía que dirías eso – el rostro de Ramiro se había tornado algo triste – sé que esperas a alguien mejor… – se detuvo, justo cuando su cerebro asimiló lo que Estela había dicho – ¿has dicho que sí? – le preguntó sorprendido.

– Sí – afirmó ella – abrazándose efusivamente al joven que arqueó las cejas aún más sorprendido – creo que nos merecemos una oportunidad – añadió ella mirándolo.

La cara del joven se iluminó con una enorme sonrisa y se puso a brincotear, a pesar de su cojera, de manera alegre alrededor de las mesas del comedor.

– ¡Me ha dicho que sí, me ha dicho que sí! – gritaba emocionado, sus compañeros sonreían al ver la enorme alegría de Ramiro.

El joven corrió de nuevo hacia Estela y esta vez fue él quien la abrazó con fuerza, la miró con ternura a los ojos y lentamente le dio un beso. Unos sonoros aplausos sonaron de manera estridente en el comedor ante las risas de todos que vitoreaban a Ramiro.

El Barco y San Valentín

Vilma estaba en cubierta, la brisa marina movía ligeramente su pelo, la tarde caía ligera y débil ya sobre la inmensidad del océano; leves tonos rojizos en el horizonte que separaba el cielo del mar indicaban que el sol se iba a dormir para dar paso a la trasnochadora luna.

Palomares la observaba y poco a poco se animó a acercarse a ella. No sabía muy bien con qué excusa, pero tenía claro que quería estar cerca de ella.

– Hace algo de fresco ya – le dijo para entablar conversación. Vilma lo miró y le sonrió.

– Solo un poco – respondió con voz suave mientras se frotaba los brazos desnudos – debí traer una chaqueta. Palomares se quitó la suya y se la dio, la joven la aceptó y Andrés se la colocó sobre los hombros.

– Se ve hermoso el sol ocultándose – comentó Palomares mirando embobado el horizonte.

– Es una de las cosas bellas que aún podemos disfrutar en este nuevo mundo – le dijo ella.

– Hay muchas cosas que se pueden disfrutar aún en este mundo Vilma – susurró Palomares mientras sacaba una pajarita de papel rojo de su bolsillo.

Palomares se la extendió y Vilma la cogió entre sus manos mirándola fijamente, un nudo se formó en la garganta de la joven y le impidió hablar durante unos segundos. Andrés pasó su brazo sobre los hombros de ella y Vilma recostó su cabeza sobre el pecho masculino.

Palomares depositó un suave beso sobre el pelo de la joven y ella lo miró levantando la cabeza. Palomares se inclinó y la besó. Ambos dijeron con ese beso más cosas de las que hubieran podido decir con sus palabras.

– No te presionaré Vilma – le dijo Palomares cuando sus bocas se separaron – Y Piti tampoco lo hará – añadió – me lo dijo esta mañana.

– Yo es que… – comenzó Vilma, pero Andrés puso su dedo índice sobre los labios femeninos.

– No digas nada – le dijo Palomares con voz ronca – ambos sabemos que aún no te has decidido – las palabras y el tono de Palomares tranquilizaron el corazón exaltado de Vilma – así que esperaremos a que nos digas tú lo que quieres hacer.

– Gracias – atinó a decir Vilma – lo siento, de verdad – dijo ella con tristeza.

– Tengo que admitir que Piti te ama con la misma intensidad que yo – sonrió Palomares – así que la decisión que tomes, nos hará felices a todos.

Vilma ya no dijo más, se quedó allí, acurrucada en los brazos de Andrés que suspiró. Juntos, miraron como la luna calladamente había hecho ya su aparición.

Ulises ayudó a Ainhoa a bajar hasta el bote, él la había citado en cubierta pero ella no sabía para qué. Una vez en él, Ainhoa vio un plato lleno de fresas y una botella de cava, todo colocado sobre una mullida colchoneta.

– ¿Celebramos algo? – preguntó Ainhoa con los ojos brillantes mientras miraba a Ulises.

– Sí – respondió él muy quedito – celebramos nuestro amor – añadió mientras la cogía entre sus brazos y la besaba apasionadamente. Ainhoa se dejó llevar por esos brazos, por esos besos y esas caricias que le encendían el corazón.

Ella sabía que él era su amor, el hombre que la acompañaría siempre pasase lo que pasase. Ulises la recostó sobre la colchoneta y… el cava y las fresas tuvieron que esperar durante un largo rato.

El Barco y San Valentín

– Creo que tú y yo somos los únicos pardillos del barco Roberto – le dijo Gamboa a Burbuja mientras ambos estaba sentados en una esquina de la cubierta.

– ¿Parpadillos? – preguntó Burbuja sin entender.

– Sí – afirmó el colombiano tomando un trago de cocacola – cada oveja con su pareja – añadió – Cupido está haciendo muchas tonterías hoy.

– El amor yy lala amistad nono son tonterías – le replicó Burbuja con sus característica tartamudez. – yoyo estuve enamomorado una vez.

Gamboa lo miró, un ensombrecido velo cubrió sus ojos por un momento y una dolorosa punzada se clavó en su corazón.

– Sí – balbuceó Ernesto – yo también lo estuve – dos lágrimas asomaron sus ojos por un momento – y tienes razón, el amor y la amistad no son ninguna tontería.

– Hola – saludó Valeria mirando a ambos con una gran sonrisa.

– Hohola – saludó Burbuja, Gamboa solo izó su botella en señal de saludo.

– Dibujé esto para ti – dijo la niña mostrando un dibujo a Burbuja que lo tomó entre sus manos.

– ¡Quéqué bonito! – le respondió Burbuja sonriéndole – mimira – Roberto le enseño el dibujo a Gamboa, que lo miró con tristeza.

En el dibujo, se veía a una niña cogida de la mano de un hombre que representaba a Burbuja y la frase: “Amigos por siempre”. Gamboa tragó saliva.

– Tú por lo menos tienes a alguien que te quiere mucho – le dijo Gamboa a Burbuja mientras le palmeaba la espalda.

– Yoyo también lala quiero mucho – respondió Burbuja. Ernesto asintió sorbiéndose la nariz. Despacio se levantó y comenzó a caminar para alejarse de ellos.

– ¡Espera! – le gritó Valeria – también he hecho un dibujo para ti – añadió sacando otro papel de su bolsillo.

Gamboa frunció el ceño mientras Valeria colocaba el dibujo en sus manos, Ernesto lo subió lentamente hasta la altura de sus ojos y lo miró.

Una niña, que sin estar cogida de la mano de un hombre, la extendía hacia él en una clara invitación. La frase era una simple pregunta: “¿quieres ser mi amigo”.

Ernesto miró a Valeria con los ojos húmedos y los labios apretados, despacio, muy despacio, la tensión de su boca fue aminorando para dar paso a una pincelada más amable.

La mano de Valeria se extendió hacia él y Gamboa, la cogió con fuerza, finalmente sonrió cuando la niña cogió también la mano de burbuja.

Salomé sintió un golpeteo en la puerta de su camarote, al abrir se encontró con un Julián de la Cuadra elegantemente vestido. Su rostro expresó la sorpresa que le ocasionaba verlo así.

– ¿Qué haces aquí? – preguntó Salomé con tono frío.

– Bueno, pues vengo a decirte que te quiero – dijo Julián de pronto – y a preguntarte una cosa – añadió.

En un principio su voz era titubeante por la frialdad que mostraba Salomé, pero Julián se dijo así mismo, que si no lo hacía en ese momento, si no la convencía en instante de que la amaba, no lo haría nunca.

– ¿Una pregunta? – Repitió Salomé – No, Julián, no voy a perdonarte. – le dijo ella.

– Esa no era la pregunta – reviró Julián. – Quiero saber si ¿te quieres casar conmigo? – Salomé abrió los ojos desmesuradamente, lo que menos esperaba era eso.

– Te he dicho que no voy a perdonarte – le respondió ella después de tomar aire durante unos segundos – ¿cómo pretendes que me case contigo? – preguntó secamente.

– Porque me quieres, igual que yo a ti y lo demás no importa – le dijo Julián. – Te quiero Salomé y no sé cuánto tiempo tenga para quererte, porque cualquiera de nosotros puede irse, no sabemos si encontraremos tierra o no – le siguió diciendo con vehemencia – así que el tiempo que sea, quiero que sea contigo, para que valga la pena.

Salomé lo miró, su expresión de dureza había cambiado por las palabras de Julián, sabía que en el fondo él tenía razón. Julián se acercó a ella con ojos suplicantes.

– Por favor cariño, perdóname y déjame quererte – la voz de Julián era un apasionado ruego.

Salomé se echó en sus brazos y él suspiró aliviado, el amor había ganado.

Ricardo estaba nervioso, parecía un colegial en su primera cita y a pesar de que ya en otras ocasiones había cenado con Julia y habían tenido citas, ésta era especial. Era el día de los enamorados y definitivamente Ricardo estaba enamorado hasta las trancas de Julia Wilson.

Semanas atrás Julián y él habían bajado a bucear para hacer una revisión del casco del barco, tuvieron la suerte de encontrar algunas ostras adheridas a él, cuando subieron a la superficie, Ricardo encontró una pequeña perla blanca en una de las conchas. Durante varios días sopesó la idea de regalársela a Julia precisamente el día de San Valentín como una prueba de lo que sentía por ella; para evidenciarle que quería una relación firme con ella.

La voz de Julia sonó al otro lado de la puerta preguntando si podía pasar, Ricardo presuroso, se dispuso a abrirle la puerta del camarote. El capitán Montero se quedó sin aliento cuando vio a la doctora Wilson enfundada en un precioso vestido color rojo que le quedaba estupendamente y hacia resaltar aún más la belleza de Julia.

– Pasa Julia, pasa – le dijo el capitán invitándola a entrar, Julia lo hizo y pudo observar una pequeña mesa en el centro del camarote, dispuesta con servicio para dos personas.

La doctora Wilson sintió un vacio en el estómago pensando en lo que Ricardo había preparado para ella esa noche que parecía ser muy especial.

Durante largo rato ambos disfrutaron de la suculenta cena que Ricardo había puesto para ellos, charlaron distendidamente y se rieron con las ocurrencias del otro.

De pronto, Ricardo se levantó y descorchó una botella de cava que había puesto a enfriar en una hielera; sirvió dos copas y le alargó una a Julia. Ricardo metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó el estuche negro que contenía la perla, Julia lo miró emocionada, en ese momento se sentía la mujer más feliz del mundo. Salomé tenía razón, Ricardo iba a pedirle que se casara con ella.

-Julia – comenzó Ricardo un tanto nervioso – He pensado mucho antes de decidirme a darle esto – lentamente colocó la cajita negra encima de la mesa al alcance de Julia – pero quiero que sepas que lo hago como símbolo del amor que siento por ti.

-¡Oh Ricardo! – exclamó Julia llena de emoción mientras cogía la cajita entre sus dedos

-Pero es que tú remueves las fibras más profundas de todo mi ser – le dijo Ricardo sonriendo y reflejando en sus ojos todo el amor que sentía por ella – Basta una sonrisa tuya para que cualquier pena se esfume y solamente me quede en el corazón el sentimiento que me provocas – la voz de Ricardo era cada vez más apasionada.

En ese momento Julia abrió el estuche de terciopelo y pudo ver una pequeña perla blanca dentro de él. Julia se sintió un poco decepcionada en ese momento ya que eso no era lo que ella esperaba, intentó disimular su frustración forzando una sonrisa.

-Es muy bonita Ricardo – dijo Julia – Muchísimas gracias pero no sé si debo aceptarla – un gesto de mortificación se apoderó del rostro de Ricardo cuando escuchó las palabras de Julia.

-¿Por qué no puedes aceptarlo? – inquirió con voz temblorosa.

Julia se quedó en silencio sin saber que decirle.

-Si no puedes aceptar esto como señal de mi amor – le dijo Ricardo – entonces supongo que tampoco aceptaras esto – añadió mientras se quitaba de uno de sus dedos su anillo de capitán – Julia no tengo un anillo para regalarte, y las tiendas me pillan un poco lejos – añadió tratando de hacer sonreír a Julia – pero este anillo es para mí una de las cosas que más aprecio y quiero dártelo al tiempo en que te pregunto … – Ricardo se acercó a Julia y tomó su mano entre las suyas, la doctora sintió como se aceleraba su corazón y como las palabras de Ricardo la removían por dentro – ¿Quieres casarte conmigo, Julia Wilson? – inquirió acercando su cara a la de Julia.

-Si Ricardo, si quiero casarme contigo – respondió Julia con toda la emoción reflejada en su voz.

Ricardo le colocó el anillo y se inclinó sobre ella para besarla apasionadamente, la doctora Wilson lo rodeó con sus brazos para demostrarle también todo el amor que sentía por él.

Ricardo se separó ligeramente de su amada y la miró a los ojos con intensidad.

-Te amo Julia – le dijo con voz ronca

-Yo también te amo, Ricardo Montero – ambos se fundieron de nuevo en un beso con el que sellaron un pacto de amor que duraría toda la vida.

FIN

Esa podría ser mi idea de un día de San Valentín en el Estrella Polar, ¿Cuál es la tuya?

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¿Qué pareja te gusta más?

  • Ricardo y Julia
  • Ulises y Ainhoa
  • Palomares y Vilma
  • Piti y Vilma
  • Piti y Sol
  • Ramiro y Estela
  • De la Cuadra y Salomé
Cuéntanos en los comentarios cuál es tu favorita y por qué 😉

Artículo y fanfic redactados por RCardonet para Zona El Barco.